Capítulo 23.

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La claridad de la mañana del 25 de diciembre entraba suavemente por las cortinas, tiñendo la habitación de un tono dorado. Victoria abrió los ojos poco a poco, aún arropada por el calor de la noche anterior. Movió apenas la cabeza y se encontró con algo que la hizo sonreír al instante.

Fernanda estaba hecha un ovillo junto a su costado, abrazada a su brazo como si fuese un peluche. Lucía dormía a sus pies, enredada entre la colcha y con un calcetín puesto y el otro perdido en la cama. Daniel, en cambio, estaba prácticamente encima de Heriberto, medio cruzado en la cama con el pelo despeinado y la boca entreabierta.

Victoria miró a Heriberto con ojos divertidos. Él también acababa de abrir los suyos y, al notar el peso de Daniel sobre él, no pudo evitar reírse en voz baja.

—¿Y esto? —susurró, rozándole la mano a Victoria para no despertar a los pequeños.

—Creo que a mitad de la noche tuvimos visita... —contestó ella en el mismo tono, acariciando suavemente el cabello de Fernanda.

—Ya veo. Ocupación completa —bromeó él, intentando apartarse sin éxito del abrazo inconsciente de Daniel.

—Shhh, no les despiertes —murmuró Victoria, sonriendo—. Déjales un ratito más... mírales qué caritas.

Heriberto suspiró rendido y rodeó a todos con el brazo libre, atrayendo también a Victoria.

—No hay mejor regalo de Navidad que este —susurró, besando a su mujer—. Feliz Navidad, mi amor.

—Feliz Navidad, Heri —acurrucándose junto a él, sintiendo enseguida su mano en su vientre. 

El silencio duró poco. Daniel se revolvió y abrió los ojos de golpe.

—¡Papi, mami, es Navidad! —exclamó, ya completamente despierto, moviendo a todos con su entusiasmo, por lo que despertó a Lucía y a Fernanda.

—¡Daniel! ¡Déjanos dormir! —se quejó la mayor de las dos. 

—¡Es Navidad, Fer!

—¡Ha venido Papá Noel! —dijo Lucía, sentándose junto a su mamá, con los ojos brillantes, para después bajar corriendo de la cama para ir al árbol.

—¡Es verdad! ¡Vamos, vamos! —añadió Fernanda, tirando de la mano de su papá, así como lo hacía Dani de su mamá.

Heriberto y Victoria apenas tuvieron tiempo de ponerse las batas antes de que los tres pequeños salieran corriendo por el pasillo en dirección al salón. Se miraron entre risas, y luego bajaron tras ellos.

En el salón, el árbol resplandecía y los regalos esperaban bajo sus ramas. María y Max ya estaban allí, riendo mientras esperaban a sus hermanos menores.

—¡Mirad, mirad! —gritó Lucía, corriendo hacia los paquetes.

—Tranquilas, que hay para todos —dijo Heriberto, guiñando un ojo a Max, que miraba la escena con la paciencia de un mayor, aunque se le notaba la ilusión en los ojos.

La sala se llenó de risas y papel de regalo volando por todas partes. Muñecas nuevas, cochecitos, juegos de mesa, libros y hasta una pelota que Max no tardó en botar por el salón, convirtiéndose así en un niño. Los niños corrían de un lado a otro enseñando sus tesoros.

Entre ese alboroto, Victoria se levantó y tomó una caja cuidadosamente envuelta, que había dejado aparte. Se la entregó a Heriberto con una sonrisa suave.

—Este es para ti, mi amor

Él arqueó una ceja, curioso.

—¿Todavía más sorpresas? Mi cielo... —dijo acariciándole una mejilla —. Tú y los niños sois mi mejor regalo.

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