Capítulo 16.

127 15 10
                                        

Un par de días después de la sorpresa, la mudanza había terminado, pero las cajas abiertas seguian por todos lados, así que era momento de vaciarlas y convertir esa casa en un verdadero hogar. El olor a pintura nueva mezclado con el de jazmín del jardín y las risas de los niños corriendo de una habitación a otra lo llenaban de vida.

—¡Mamáaaa, mi cama tiene ventanas en el techo! —gritó Max desde su habitación, mirando el tragaluz.

—¡Y yo tengo sitio para todas mis muñecas! —añadió María, enseñándole a Fernanda la estantería que ya habían llenado con peluches.

Victoria sonrió desde el pasillo, con las manos en la cintura. Estaba cansada, sí, pero ver a los niños tan felices compensaba cualquier esfuerzo. Heriberto pasó a su lado con dos cajas más y le guiñó un ojo.

—Prometido que estas son las últimas.

—Eso mismo dijiste hace una hora —respondió ella, divertida.

—Bueno, esta vez es verdad —rió él, dejando las cajas en su dormitorio.

Los niños bajaron corriendo al salón, donde habían improvisado un campamento con cojines.

—¿Podemos invitar a nuestros amigos del cole, mami? —preguntó María, con los ojos brillantes.

—Claro, pero no todos a la vez o nos volveremos locos papá y yo —bromeó Victoria.

—¡Yo quiero que venga Pablo! —añadió Max.

—¡Y yo quiero que venga Sofi! —interrumpió Fernanda.

—Vale, vale, ya lo organizaremos —dijo Victoria, lanzando una mirada cómplice a Heriberto—. Pero primero tenemos que terminar de ordenar la casa, ¿eh?

Días después, la casa ya respiraba vida. El comedor lucía con sus lámparas nuevas, la cocina siempre tenía olor a algo recién hecho, y el jardín se había convertido en el lugar favorito de los niños. Allí jugaban cada tarde después del colegio.

Una tarde soleada, mientras Heriberto llegaba del hospital aún con su bata en la mano, los encontró en el columpio, uno de los tantos juegos que puso en el jardín para los pequeños de casa. 

—¡Papáaaa! —gritó Max, corriendo a abrazarle.

—¿Cómo están mis campeones? —preguntó él, agachándose para besar a los tres.

—Mira, papi, hemos hecho un castillo con bloques y muñecas —dijo María, arrastrándole hacia el césped.

Victoria salió al porche con una bandeja de limonada fresca.

—Justo a tiempo. ¿Cómo te fue el día?

—Largo, pero salió bien —respondió él, quitándose la chaqueta—. La cirugía de esta mañana era complicada, pero el paciente ya está estable.

Victoria lo miró con orgullo.

—Cada día te superas, Heri.

Él la abrazó por la cintura.

—Y tú también, mi vida. Ese taller va viento en popa.

Ella rió.

—Sí, demasiado. Hoy una clienta casi me hace rehacer un vestido entero porque decía que no le convencía el tono de los botones.

—Pues si yo fuese ella, estaría encantado con cualquier cosa que salga de tus manos —dijo Heriberto, robándole un beso antes de que los niños empezaran a protestar.

—¡Puaj, besos! —dijo Max, haciéndoles reír a todos.

// El fin de semana, cumplieron con lo prometido: invitaron a algunos amigos de los niños a la casa. El jardín se llenó de voces, juegos y carreras.

Entre paredesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora