La brisa suave del mar se colaba por el ventanal, llenando la habitación con un aroma salado y fresco. La luz del amanecer se filtraba tímidamente, iluminando los detalles de la estancia y creando un ambiente sereno y cálido. Heriberto, aún medio dormido, se giró para encontrar a Victoria a su lado, con su cabello desordenado y una expresión de paz que hacía que su corazón latiera con más fuerza.
—Buenos días, futura señora Ríos Bernal —dijo Heriberto en voz baja, acercándose a ella y acariciando suavemente su mejilla.
Victoria abrió los ojos y, al verlo, sonrió sin poder contener el brillo de felicidad en su mirada.
—Buenos días, futuro esposo —respondió con un tono dulce y juguetón.
Se quedaron mirándose por un instante, disfrutando de esa calma. Heriberto entrelazó sus dedos con los de ella y besó su mano con ternura.
—Aún no puedo creerlo —confesó Heriberto—. Todo esto, estar aquí contigo… y que me hayas dicho que sí.
Victoria lo miró con complicidad, sintiendo que, después de tanto tiempo y tantas dudas, todo encajaba perfectamente. Se acercó más a él, pasando sus brazos alrededor de su cuello.
—No había otra respuesta posible, Heriberto. Eres lo mejor que me ha pasado. A mí y a mis hijas.
Él sonrió y besó su frente, dejando que sus labios se posaran con ternura sobre ella.
—Ya me veo en esta aventura contigo, con nuestros niños —dijo Heriberto, recordando cómo habían ayudado en la propuesta, haciendo de ese momento algo más especial y familiar.
Victoria suspiró con una sonrisa, apoyándose en su pecho.
—Quiero que este amor sea así siempre, creciendo, sumando. Que sigamos siendo este equipo en todo momento.
Heriberto la abrazó con fuerza, sin querer soltarla.
—Lo seremos, Vicky. Te prometo que seremos una familia para siempre.
Se quedaron en silencio, disfrutando de ese instante en el que el tiempo parecía haberse detenido. Sabían que fuera, la vida y sus responsabilidades los esperaban, pero en ese momento, no existía nada más que ellos dos. Una familia completa, un amor profundo y, sobre todo, un futuro lleno de sueños compartidos.
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Era un día tranquilo en el taller de Victoria. Mientras organizaba unas telas junto a sus ayudantes, los niños jugaban en un rincón con sus juguetes que habían traído de casa. La pequeña charla y las risas llenaban el espacio, creando un ambiente agradable.
De repente, la puerta del taller se abrió, y Victoria, distraída entre las telas, apenas alzó la vista, pensando que sería alguna clienta habitual. Pero el rostro que vio hizo que se le congelara la sonrisa. Allí, parado en la entrada, estaba él.
—Hola, Victoria —dijo con un tono suave, que intentaba sonar amistoso.
Victoria sintió que el aire se le atascaba en la garganta, y su primera reacción fue mirar a los niños, que aún no se habían dado cuenta de su presencia. Respiró profundamente, tratando de mantener la calma y de que ellas no notaran el cambio en su expresión.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado? —preguntó en voz baja, con una mezcla de sorpresa y tensión en los ojos.
—No ha sido tan difícil teniendo en cuenta que cada vez eres más conocida.
Victoria se maldijo a si misma por no pensar en esa posibilidad. ¡Qué tonta había sido!
—He venido para hablar contigo —respondió él, sin dejar de mirarla—. He estado pensando mucho y quiero arreglar las cosas. Quiero volver contigo, con nuestra familia.
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Entre paredes
RomantizmEl sonido de cajas siendo arrastradas resonaba en el pasillo del nuevo edificio de apartamentos mientras una mujer, con su pelo castaño revuelto y dos niñas pequeñas agarradas de sus manos, se dirigía hacia la puerta de su nuevo hogar. La mudanza ha...
