Con el paso de los meses, la convivencia entre George y Maia comenzó a sentirse tan natural que parecía un hábito de toda la vida. Se recogían del trabajo, se esperaban para cenar aunque fuera tarde y discutían sobre quién iba a preparar el té. A veces, en el Ministerio, George aparecía a buscarla y alguno de sus compañeros aurores hacía comentarios al pasar:
—Tu novio es muy puntual, Maia —decía uno con media sonrisa.
Ella no los corregía, y George, en silencio, se sorprendía de que no negara aquella suposición.
En La Madriguera, Molly fue la primera en notarlo. En una comida familiar, cuando vio a Maia y a George de pie en la cocina, sirviendo juntos los platos como si llevaran años casados, no pudo evitar sonreír.
—Se ven bien los dos, ¿saben? —comentó, guiñándole un ojo a Arthur.
Ginny, que estaba pelando manzanas, soltó una carcajada.
—¡Mamá, por favor! Van a asustar a Maia.
—No me asustan —repuso Maia, ruborizada, mientras dejaba una jarra sobre la mesa. —Más bien me malacostumbran.
—Pues ojalá te malacostumbres mucho tiempo —dijo Ron, con la boca llena de pastel. —George sonríe más desde que vives con él.
George, enrojecido, fingió toser para no responder, pero la mirada que le lanzó a Maia fue suficiente para que ella apartara la vista con una sonrisa tímida.
Harry también lo mencionó en privado, una tarde en que Maia lo acompañaba a recoger a Teddy.
—Me alegra verte así —le dijo, serio pero afectuoso. —No eres la misma Maia de hace un año. George también cambió. Creo que se sostienen el uno al otro más de lo que quieren admitir.
—No digas tonterías, Harry —replicó ella, aunque le brillaban los ojos. —Solo compartimos departamento.
—Sí, claro —ironizó él, mientras Teddy jalaba de su túnica—. Y yo soy un elfo doméstico.
Los días se llenaban de momentos que parecían más de pareja que de simples compañeros: leer en silencio en la sala, salir al mercado juntos, discutir sobre los tonos de pintura para la cocina. Hubo instantes en los que casi cruzaron esa línea invisible: la risa que quedaba demasiado cerca, una mano que se demoraba más de lo normal en rozar la otra, o un comentario que parecía abrir la puerta a algo más… pero que ninguno se atrevía a dar el siguiente paso.
Todo se quebró aquella noche. George volvió antes de lo previsto a su departamento y encontró a Charlie sentado en la mesa con Maia, compartiendo cena y conversación animada. El corazón se le encogió de golpe. No dijo nada; solo cerró la puerta y se marchó.
Regresó horas después, con la ropa desordenada y el aliento a whisky de fuego. Maia lo esperaba en la sala, visiblemente molesta.
—¿Qué demonios fue eso, George? —exigió, con los brazos cruzados. —¿Llegar borracho?
—¿Y tú? —respondió él, con la voz ronca—. Cenando con Charlie como si… como si yo no existiera.
—Era solo una cena, ¡con tu hermano! —replicó Maia, incrédula. —No entiendo qué te pasa. Te estábamos esperando.
George apretó los puños.
—Lo que me pasa es que contigo nunca sé qué somos. Te portas como si fuéramos pareja, Maia, y luego...yo
Ella guardó silencio, herida por sus palabras.
—Entonces dilo claro, George. ¿Qué quieres que seamos?
Él la miró largo rato, con los ojos enrojecidos por el alcohol y por algo más que no se atrevía a nombrar.
—Nada —murmuró, finalmente. —Necesitamos sana distancia.
Las palabras se clavaron en Maia como un golpe. No lloró frente a él; solo asintió con firmeza. Después de todo, una orden era una orden.
—Está bien. Si eso quieres, distancia tendrás.
Una semana después, cuando George volvió del trabajo, encontró las pertenencias de Maia apiladas en cajas junto a la puerta. No hubo notas, ni reclamos, ni despedidas. Solo silencio. El mismo que lo acompañó cuando cruzó la sala y comprendió lo vacío que se sentía el lugar sin ella.
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One shots Harry Potter II
FanfictionSegundo libro dedicado a historias con los personajes de Harry Potter, espero que les guste. Mei 🤍
