VERANO: TREINTA Y NUEVE

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VERANO: TREINTA Y NUEVE

El restaurante que Sebastian escogió no fue otro que aquel en que tuvieron su primera cita, o visto desde la realidad, donde se propuso el trato que los llevó a estar juntos. A diferencia de esa ocasión, Dante no recibió miradas llenas de desprecio, en menos de un año su vida cambió tanto que, en el mismo restaurante donde le mesero alguna vez lo vio como si viese a una cucaracha, ahora todos le sonreían como si estuviesen encantados con su presencia.

―Bienvenidos señores Rauss-Schmied― el anfitrión apareció frente a ellos con una enorme sonrisa ―Los guiaré a su mesa.

Dante agradeció con un gesto amable y Sebastian asintió en silencio con menos simpatía. El Alpha reservó un apartado del área VIP asegurando que nadie los moleste, esa noche lo único que quería era pasar un tiempo agradable con su esposo. Desde que se casaron no tuvieron mucho tiempo para pasar el rato, aunque estuvo en casa después del nacimiento de Daniel, toda su energía y tiempo se concentró en el bebé. Esa era su noche, para conversar como adultos, contarse el día a día y planear las cosas que vendrán después.

―En un momento haré que un mesero se acerque a tomar su orden― comentó el anfitrión después de ubicarlos en el reservado ―No duden en comunicar cualquier cosa que necesiten, estamos para servirles.

Dante respiró profundamente después de que el anfitrión se marchara, hace mucho que no tenía contacto con tantas personas y apenas comprendió que se había convertido en una especie de ser asocial.

―¿Estás bien?― preguntó el Alpha tomando la mano de su esposo con suavidad.

―Mi batería social se está terminando... la fiesta me agotó― se quejó el Omega ―¿Puedes darme algo para sentirme mejor?

―¿Qué deseas que te dé?― preguntó Sebastian con interés.

―Feromonas... cálmame como aquella noche en que fuiste a buscarme por primera vez― pidió el Omega sorprendiendo al Alpha.

―Ángel ¿Por qué no vienes y te sientas en mi regazo? Así podré darte todas las feromonas que quieras― El Alpha abrió los brazos en dirección a su esposo y, de forma obediente el Omega fue hasta su pareja para dejarse consentir.

Dante fue rodeado por los gruesos y cálidos brazos de Sebastian, su nariz recibió un flujo constante de deliciosas feromonas y su ánimo mejoró, aunque, en su esposo halló una brizna de algo que no le gustó.

―¿Qué tanto se te acercó Ian?― preguntó con desagrado ―Dime ¿te tocó?

El Alpha, no estaba preparado para ser interrogado de esa manera y mucho menos, para que Dante, su esposo que nunca parece interesado en marcar territorio, sea quién lo haga.

―Solo se acercó un poco, algo de coqueteo― comentó Sebastian con una sonrisa divertida, esperando la reacción de su Omega.

Dante, actuando como jamás lo ha hecho, se estiró hasta alcanzar el cuello de su esposo con sus dientes y morder con fuerza dejando una marca roja que permanecerá sobre su Alpha durante algunos días.

―¿Seguirás coqueteando con ese idiota?― advirtió Dante dispuesto a dar una segunda mordida en caso de que la respuesta de Sebastian no lo satisfaga.

―No hice nada, lo prometo― el Alpha no imaginó que Dante le dejaría una marca en el cuello ―Se acercó y yo me alejé.

―¿Me dices la verdad?

―Por supuesto.

―¿No quisiste revivir sus siete minutos en el paraíso?― Dante pasó con suavidad la punta de sus dedos sobre la yugular de Sebastian, como una silenciosa advertencia ―Ian dijo que se divirtieron tanto...

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