El cielo estaba tan gris como mi mente. Grandes copos de nieve caían encima de un manto blanco que cubría todo el prado. Detrás de la casa se encontraba la ciudad, tan bulliciosa como siempre.
Mi cuerpo estaba entumido y delicado en un rincón del porche. Mis dedos de las manos se aferraban al calor que les daba con mi aliento húmedo. Tosí. Seguro que iba a enfermar.
-No deberías estar fuera –una sombra se acercaba a mí entre la cortina de nieve.
Solo cuando estuvo a unos metros den mí lo reconocí.
-Te estaba esperando –mi voz sonó un poco quebrada.
Se quitó la bufanda de encima de la boca mientras se acuclillaba para estar a mi altura.
-Pareces un perro -su sonrisa que antes me provocaba sacudidas en el cuerpo, ahora simplemente me molestaba, y eso me daba miedo.
-No te esperaré más si eso es lo que quieres.
-Era broma –me besó la frente, y ese cálido contacto si que animó mi corazón, y me reconfortó un poco –vamos dentro –me tendió la mano y yo la acepté.
Sus manos huesudas también estaban congeladas.
Una vez dentro se quitó el abrigo y la bufanda y se sentó conmigo en el sofá.
-Creo que me iré –palabras que yo había tardado demasiado en pronunciar.
-Irás a buscarlo –comprendió él mientras se frotaba la sien.
Permanecimos un momento callados, sin saber que decir.
-¿Volverás?
Lo miré apenada.
-No me hagas prometerlo.
Tragó saliva.
-Iré a buscarte si no vuelves.
-No, no quiero que salgas de aquí, prométamelo.
Me miró largamente con esos ojos verdes tan hermosos que tenía, su flequillo negro le caía encima de las cejas.
Suspiró y se acercó a mí para besarme. Yo le correspondí al beso mientras sus manos se entrelazaban con mi pelo.
Me besó una y otra vez, como si quisiese recordar mis labios por toda la eternidad. Yo permanecía sumisa debajo de él con los ojos entreabiertos.
-Dante... -mi voz apenas era un susurro.
Se separó de mí con los ojos brillantes.
-Será mejor que vaya a hacer la cena -Su enorme cuerpo se separó de mí y por fin fui libre.
Me sentía mal por él, pero no podía olvidar a Gabriel así por las buenas, necesitaba volver a verlo, no sé para que ni por que, pero lo necesitaba.
Esa noche fue rara e incómoda, pero yo me comporté como siempre, cuando llegó la madrugada salí de casa sin más equipaje que mi propia ropa.
Al pasar por la puerta, noté como el pecho me pesaba a causa del aire gélido y sin razón alguna cambié mi bufanda por la de Dante, creo que lo hice, porque al saber que era suya, me parecía más cálida.
Miré al sol y cogiendo una bocanada de aire empecé a andar por entre la nieve, sola, perdida y triste. Echaba de menos mi guadaña.
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