Capítulo II. p2

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Antes de que Rodrigo pudiera decirme algo, Rosa llegó corriendo y me manoseo la cara.

—¡Zara! ¿Estás bien, qué te dijo la enfermera? No quedaste mal de la cabeza, ¿verdad? Digo...más de lo normal —Rosa se rasca la nuca, avergonzada.

—Sólo fue un rasguño pequeño, no es la gran cosa —le digo, calmándola. De cierta manera deseaba que se fuera, sólo unos minutos.

Rodrigo carraspea y me mira mientras hace movimientos con su cabeza. Pero yo sufriendo lo tonta que soy no capto lo que me quiere decir.

—¿Por qué estas afuera? —le pregunto a Rosa.

—Oh, es que el maestro se quedó hablando con Lucía. Espero que reciba su merecido la muy...

—Sin malas palabras, señoritas —dice Rodrigo haciendo que Rosa se sonrojara.

—Pero se las merece, además casi hace que se le abra la cabeza a tu novia —No lo dijo.

Silencio.

Un maldito silencio, más incómodo que otra cosa en el mundo.

—Vuelvan a su color, por favor —dice Rosa. Me doy de golpes mentalmente.

—Amm, necesito ir a hacer del uno —le digo y adelanto el paso, qué maldita vergüenza.

Voy al baño y me encierro en uno.

Pienso en lo tonta que me he de haber visto, tenía que haber dicho algo más inteligente y no ponerme como un maldito tomate. De seguro él se puso rojo de vergüenza, pero de la mala.

Al final me río de mis acciones, no puedo seguir de idiota encerrada en el baño "haciendo del uno". Eso no solucionara nada. Mejor actuare como si no me afectara y seguiré como siempre: admirándolo de lejos.

Salgo del baño y me lavo las manos, pero antes de salir entra Rodrigo corriendo y sonriendo. Me toma de los hombros y me mete al baño del que acababa de salir.

—¿Pero qué...?—Trato de averiguar qué está pasando pero Rodrigo pone su mano sobre mi boca, callándome.

—Sh. No hagas ruido —dijo asomando la cabeza por las separaciones.

—¿Qué haces? —le pregunto una vez que quito su mano.

—Metí un par de hielos en el pantalón de Carlos.

—¿Qué? —No pude evitar reírme.

—Sólo esperaré a que se le pase. Está muuuy enojado —Su risa es la octava maravilla.

—Con justa razón. Ahora ¿puedo salir? —Dime que no, dime que no.

—Oh sí, claro. Perdón —Él se hace a un lado para que pueda abrir la puerta y así salir.

Eso te pasa por vengativa —Escucho una voz y me quedo quieta. Vuelvo a cerrar la puerta para que no me vayan a ver.

Se suponía que sólo se caería, no que se golpeara la cabeza.

—Es Lucía —me susurra Rodrigo en el oído. Dios mío, qué bien se sintió.

Estando de espaldas a él y sin poder contener mi emoción, doy un grito silencioso en mi lugar. No todos los días pasa eso.

Pero se golpeó, ahora afronta las consecuencias.

—¿Un mes castigada, ayudando a recoger basura y luego reciclarla? ¿En serio? —dice alterada.

—A la pobre de Zara se le ha de haber abierto la cabeza, lo tuyo no se compara.

—Bueno...

Deseo... deseoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora