Capítulo 48

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Lucas salió del despacho de Sam muy aturdido. ¡Mica no había robado los artículos! Y si no lo había hecho, ¿por qué no se defendió cuando él la acusó delante de todos? «Sí lo hizo, cretino, pero tú no quisiste escucharla -le dijo una voz dentro de su cabeza-. Y tampoco quisiste creerle.»

No tenía ni idea de lo que Sam decidiría hacer con Julián, y la verdad era que le daba igual. Lo único que le importaba era que ella no lo había utilizado y, de algún modo, saber eso hizo que su corazón volviera a latir de nuevo.

Llegó a The Scope y, cuando le dijo a la recepcionista que Lucas Velasco quería hablar con el señor Gainsborough, ella le respondió que podía subir, que el señor Gainsborough lo esperaba en su despacho. Había sido mucho más fácil de lo que se imaginaba. Llegó arriba y Steve abrió la puerta antes de que él pudiera golpearla para entrar.

-¡Lucas! Me alegro mucho de verte. -Steve le tendió la mano amistoso.

Lucas no entendía nada.

-¿Micaela no está contigo? -Cada vez estaba más perdido. -¿Sabes? Me alegro de que por fin ella y Nana te hayan contado lo del artículo de tu padre. A mí no acababa de gustarme la idea de publicarlo sin que tú pudieras verlo antes.

-¿El artículo de mi padre? -Lucas empezó a sudar y a marearse, y su cara debió de perder color porque Steve le ofreció que se sentara y le trajo un vaso de agua.

-No sabes de qué estoy hablando. -No era una pregunta sino una afirmación.

-No tengo ni idea. -Lucas bebió agua y se frotó la cara-. Pero me encantaría saberlo.

Steve se sentó en su silla y lo miró preocupado, luego abrió un cajón del escritorio y sacó una carpeta.

-Mira esto. -Empujó la carpeta hacia él.

-¿Qué es? -preguntó Lucas ansioso, y empezó a hojear los papeles.

-Hace unas semanas, Micaela me llamó y me dijo que quería hablar conmigo sobre José.

Al oír el nombre de su padre, Lucas levantó la cabeza.

-No sé si te acordarás -continuó Steve-, pero tu padre era mi mejor amigo. Como comprenderás, me intrigó mucho que, tantos años después de su muerte, alguien quisiera hablar de él, así que acepté reunirme con ella.

Lucas bebió un poco más de agua y murmuró:

-En el café Meridien.

-Exacto, ¿cómo lo sabes? -preguntó Steve curioso, pero al ver que Lucas no contestaba, siguió con su historia-. Esa tarde, me contó que ella y Nana estaban preocupadas por ti y por el recuerdo que tienes de tu padre. -Hizo una pausa-. Eres muy afortunado de que las dos te quieran tanto.

Lucas se sonrojó al oír cómo ese hombre, al que casi no conocía, le recordaba lo estúpido que había sido.

-La verdad -continuó Steve- es que yo siempre había lamentado no haber sido capaz de ayudar más a José. Él era un gran periodista y no se merecía acabar como acabó. Así que, entre los tres, tuvimos una idea; publicar un reportaje sobre tu padre.

Lucas sentía cómo empezaban a escocerle los ojos y Steve se levantó de su silla para colocarse a su lado.

-Siento no haberlo hecho antes -dijo Steve también emocionado-, y siento no haber tratado de hablar contigo durante todos estos años. Creía que tú no te habías enterado de todo eso. -Tras unos instantes en silencio, añadió-: En fin, el miércoles pasado Micaela me entregó unas fotografías tuyas para añadir al artículo y yo le dije que creía que lo mejor sería que tú lo supieras todo antes de que apareciera publicado, pero
ella y Nana querían darte una sorpresa.

-El miércoles fuiste a mi casa a recoger las fotografías. -A Lucas le costaba pronunciar cada palabra.

-Sí. -Steve tomó la carpeta-. El artículo va a quedar así. -Le dio tres hojas-. Si a ti, a Nana y a Mica les parece bien, esta misma tarde lo mandaré ya como definitivo.

Lucas tomó las hojas y empezó a leer. El reportaje era perfecto; en él se repasaban los logros de su padre como periodista, había extractos de sus mejores artículos y también se hablaba de él como persona sin caer en la sensiblería ni en el cotilleo. Había unas fotografías de José de joven y un par de mayor en las que también aparecía Lucas, una de pequeño y otra de cuando tenía veinte años, sentados juntos delante de una chimenea, charlando. Ésa siempre había sido una de sus favoritas. En ese instante, Lucas comprendió que su padre había sido mucho más que un hombre enfermo y
derrotado. Había sido un gran periodista, un gran padre y, tal como había dicho Micaela, un hombre valiente que se atrevió a sentir. Lucas se avergonzó de haberlo utilizado como excusa para no entregarse nunca a nadie.

-¿Qué te parece? -le preguntó Steve, obligándolo a salir de su ensimismamiento.

-Es perfecto. -Lucas no levantó la vista del artículo-. No sé cómo darte las gracias.

-No tienes que hacerlo -respondió Steve-. Me conformo con que cenemos los cinco. -Al ver que Lucas tampoco sabía nada de esa cena, le explicó-: Nana ha organizado una cena, y mi mujer está impaciente por conoceros a ti y a Micaela. Así
celebraremos juntos la publicación del reportaje de José y brindaremos por él.

Lucas no tuvo valor de decirle que Mica no iba a estar en esa cena. ¡Era un imbécil! ¿Cómo diablos se había equivocado tanto? Lo que Steve le dijo a continuación, acabó por hundirlo en la miseria.

-Casi se me olvida. -Steve se levantó y se dirigió a su ordenador-. Micaela también me contó lo de los artículos robados. Lamento no haberlo sabido antes, pero hoy mismo he descubierto quién es la culpable.

Lucas ya no sabía cómo dejar de sudar; Mica no sólo lo había ayudado a recuperar a su padre, sino que también había salvado la revista. Nunca podría perdonar lo que él le había hecho.

-Nosotros hoy hemos averiguado quién robaba los artículos en The Whiteboard-
dijo Lucas.

-Julián Abbot -lo interrumpió Steve-. Lo sé. Una de mis editoras, ahora ya ex editora, aceptó ciertos valiosos regalos a cambio de publicar esos artículos en nuestra revista. Ella y Julián habían mantenido una relación hace un par de años.

Lucas estaba petrificado, pero logró preguntar:

-¿Qué has hecho con ella?

-La he despedido. -Steve se frotó la cara con las manos-. No puedo hacer nada más, pero si ustedes tienen intención de iniciar algún proceso legal, puede contar con toda mi ayuda.

-Gracias.

-Como ya te he dicho, lamento no haberme dado cuenta antes de que pasaba algo raro.

Lucas levantó la mano para quitarle importancia al comentario.

-¿Les va bien quedar a las siete? -preguntó Steve mirando su agenda-. Conozco un restaurante precioso donde podríamos cenar. A tu padre le encantaba.

-¿A las siete? -Lucas estaba tan aturdido que no podía pensar.

-Dentro de dos semanas. El viernes. Para celebrar lo del artículo. -Steve lo miraba con una sonrisa en los labios-. Cuando frunces el cejo te pareces más a José.

-Sí, a las siete está bien. -Lucas se levantó-. Allí estaremos. -Ojalá estuviera diciendo la verdad-. Gracias por todo, Steve. -Le tendió la mano.

-De nada. -Steve le dio un afectuoso apretón, lo acompañó hasta la salida y añadió-. Saluda a Nana y a Micaela de mi parte, y diles que estoy impaciente por verlas.

-Se lo diré -respondió Lucas. Él también estaba impaciente por verlas.

Nadie como tú <<adaptada>>Donde viven las historias. Descúbrelo ahora