Pasaron seis años desde la última vez que Sam y Luke tuvieron noticias de Zoey, su amiga de la infancia.
Ahora, Zoey ha vuelto a la ciudad porque Sam la necesita.
Todos los buenos recuerdos de Samuel los protagonizan sus dos viejos mejores amigos...
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L U K E
Puede que haya nacido con una buena dosis de mal humor, lo admito.
Si fuera presidente por un día, probablemente mi primer decreto serían multar a las a quienes caminan a paso de tortuga cuando yo tengo prisa, eliminar los anuncios publicitarios que parecen extenderse más que la propia película, y despedir los profesores que eligen un lunes por la mañana para sorprender con un examen.
Borraría de la faz de la tierra los días fríos, prohibiría la política y, por supuesto, encerraría a mi hermana por acabarse la última caja de cereales.
Pero la realidad es que, si realmente tuviera el poder de ser presidente por un día, no haría nada de eso. Estaría más ocupado buscando a los mejores médicos del país para ponerlos a buscar una solución al peor de los males.
La enfermedad injerto contra huésped.
Aquella que se metió en el cuerpo de mi mejor amigo hace unos años y jamás quiso ser desalojada.
Porque entre Sam y yo, él es quien merece un deseo sobrenatural para acabar de una vez con toda esa pesadilla.
Estuvo conmigo cuando me quebré la clavícula y estuve todo el verano en cama sin poder salir a ningún lado.
Estuvo conmigo cuando mi hermana me contagió de piojos y ningún otro niño quería acercarse.
Estuvo conmigo cuando mamá me obligó a jugar con la hija de la nueva vecina y ella nos obligaba a vestirnos de príncipes todas las tardes.
Estuvo conmigo siempre...y puede que a futuro ya no esté.
Al pisar la alfombrilla de alambre, la puerta eléctrica se abre y me encuentro con varias enfermeras que se mueven rápidamente de un lado a otro. Me acerco a la recepcionista, le paso los datos rutinarios y sigo mi camino. Doblo en un pasillo que me lleva al ascensor, presiono el botón de la planta cinco y voy hacia la habitación 302.
—Ya era hora, pensé que hoy no venías —es lo primero que le oigo decir al entrar.
—Tampoco es que tuviera mejores planes que ver tu cara—contesto y me dejo caer en la silla junto a su cama.
Desde ahí, acostado, Sam me mira mientras uno de los únicos cinco canales que funcionan transmiten un partido de béisbol.
—Tus vacaciones apestan.
—Recuérdame quien está permanentemente encerrado en un hospital.
Me mira indignado. He ganado la diminuta riña de hoy porque no tiene nada que refutar y saca el partido de los Philadelphia Philliespara examinarme. En la búsqueda de algo.
—¿Has traído lo que te pedí?
Saco de mi bolsillo interno el videojuego solicitado. Nos ofrecemos entonces un intercambio, yo le dejo a su alcance la edición nueva y él saca de su reserva secreta —bien escondida debajo de la camilla— unas patatas fritas y doritos.