Pasaron seis años desde la última vez que Sam y Luke tuvieron noticias de Zoey, su amiga de la infancia.
Ahora, Zoey ha vuelto a la ciudad porque Sam la necesita.
Todos los buenos recuerdos de Samuel los protagonizan sus dos viejos mejores amigos...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
flashback.
—No puedo creer que hayamos perdido —exclamó con tristeza un Sam recién entrado a séptimo grado.
—Si no fuera porque eres un niño de mamá y le haces caso en todo, habríamos tenido más tiempo para entrenar y no habríamos perdido contra esa niña —le respondió Luke, con tono de reproche.
—Al menos Tayson aceptó la revancha en las vacaciones de invierno. Solo será medio año sin salir al patio de la escuela —añadió el primero, tratando de mantener el ánimo.
—Tenemos que empezar a prepararnos desde ahora. Vamos a necesitar agua y mucho lodo; es lo más parecido a deslizarse con nieve.
—¿En qué salón te tocó a ti? —preguntó después Sam, cambiando de tema.
—A mí también en el 9B.
Se dirigieron hacia el aula
—¿Sabes lo bueno de que el verano se haya terminado? Ahora volvemos a ser dos. Ya no más pelo trenzado, calcomanías rosas en la patineta, ni esa voz parlanchina que no deja hablar de Indiana Jones —se alegró Luke mientras de lejos divisaban su salón.
Sin embargo, no les dio ni tiempo a entrar cuando alguien saltó sobre sus hombros.
—¡No me lo puedo creer!—era Zoey Williams —¿Están en el salón 9B? ¡Yo también!
Ese año iba a ser muy largo.
Z O E Y
El viernes por la tarde ni siquiera me doy cuenta de que se oculta el sol hasta que mi padre llama a la puerta de mi habitación y me dice que ya son las siete y media.
Esto ocurre porque, cuando una historia me atrapa y empiezo a leer, pierdo la noción del tiempo. Me olvido de todo lo que sucede a mi alrededor y solo me percato de leer entre líneas; las palabras se apoderan de mis sentidos y de mi mente. No puedo despegarme de un buen libro; si empiezo a leer, debo llegar hasta el final, aunque eso implique pasar horas y horas leyendo.
Y si no fuera porque mi padre padece la misma obsesión por la lectura, ya me habría perdido la primera fiesta a la que me invitan después de tanto tiempo.
Bajo las escaleras, ya duchada y vestida, buscando a mi padre para despedirme. Al llegar a la puerta, lo encuentro hablando en voz baja con alguien.
—No, todavía no lo sabe. Se lo voy a decir pronto —dice mi padre, con un tono que me hace fruncir el ceño. —No sé si está preparada, temo que no lo entienda.
—No le ocultes la verdad, no estamos haciendo nada malo—responde la otra voz, suave y casi seductora.