Pasaron seis años desde la última vez que Sam y Luke tuvieron noticias de Zoey, su amiga de la infancia.
Ahora, Zoey ha vuelto a la ciudad porque Sam la necesita.
Todos los buenos recuerdos de Samuel los protagonizan sus dos viejos mejores amigos...
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Z O E Y
La mano me duele a horrores.
Dejo caer el bolígrafo y abro y cierro las manos para aliviar la zona dolorida. Si mis dedos hablaran, dirían: «Por favor, ya basta. Es tu cumpleaños, no te exijas tanto», pero, cuando la inspiración llama a la puerta, no puedes dejarla escapar. Tengo esas mariposas en el estómago que me dicen que el resultado merecerá la pena. —Pese necesite más tiempo para corregir detalles y el desenlace se acerque más a lo que pretendo— el primer capítulo va quedando como quiero y, cuando leo el último párrafo, me quedo contenta. Muy contenta.
—Ya estamos aquí, Zoey. —me distrae Sophie.
Sus manos se posan sobre mis hombros poco después de aparcar la furgoneta. Por la ventanilla izquierda, observo cómo Sam y Luke comienzan a sacar las sillas y la mesa desarmable por la puerta delantera.
—Bajo en un momento para ayudar —le digo, y ordeno las páginas, que guardo en mi mochila. No estoy escondiendo mi escritura de nuevo, pero esta vez quiero que sea una sorpresa.
—No te olvides del traje de baño. —me recuerda.
Me guiña un ojo y me percato de que ya lleva puesto el suyo: una pieza de color lila con aberturas a los costados que combina con unos shorts holgados.
Estamos a un par de horas del 20 de agosto, pero el mediodía de hoy es perfecto para celebrarlo en el lago Tahoe. Ayer por la tarde hicimos todas las compras y trazamos la nueva ruta, y esta mañana, al despertar en una zona de descanso para furgonetas, Sophie nos sorprendió con magdalenas recién horneadas y una decoración adorable en cortinas y ventanas.
Voy al baño para ponerme el traje de baño amarillo, y cuando salgo, me encuentro con Luke hablando por teléfono. Lleva shorts negros de baño y una camiseta blanca. Me muero de ganas porque sea ya la hora de meternos en el lago y poder verlo despojarse de esa camiseta porque creo que estoy desarrollando una obsesión con esa parte de su anatomía desde que compartimos espacio en la piscina y en la habitación de Las Vegas. Sin embargo, cuando escucho que se cierra la puerta del baño y me ve parada ahí, cuelga rápidamente la llamada.
—¿Qué tal? —se hace el desentendido.
—¿Ha llamado tu familia? —adivino.
—Sí, sí, claro.
Espero que haya sonado convincente, pero, por supuesto, no lo consigue. Carraspea, y eso me pone los pelos de punta. Odio que la gente me oculte cosas, y ahora que el asunto entre nosotros es diferente, odio aún más la idea de que él esté haciendo eso. No puedo parecer una loca y cuestionarlo en este momento, así que lo ignoro, paso a su lado y busco mi calzado antes de bajar de la furgoneta.
—Al final, el amarillo te sienta bien —dice a mis espaldas.
—¿Has visto mis zapatillas?
Qué responda ligeramente cortante le hacen saltar las alarmas sin mucho esfuerzo.