Pasaron seis años desde la última vez que Sam y Luke tuvieron noticias de Zoey, su amiga de la infancia.
Ahora, Zoey ha vuelto a la ciudad porque Sam la necesita.
Todos los buenos recuerdos de Samuel los protagonizan sus dos viejos mejores amigos...
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Z O E Y
Llegar a Pensilvania se siente como estar en casa, aunque en los últimos nueve años no lo haya sido. Tal vez esta sensación nueva se deba a que Minnesota, que fue mi hogar durante todo ese tiempo, ya no se sentía como tal.
Al descender del avión, mi padre nos recibe. Ver cómo interactúa con mi madre resulta muy extraño; sin embargo, para mi sorpresa, no se enfrentan de inmediato. Se saludan, mantienen una charla superficial sobre el viaje y hasta comparten un abrazo. Es tan inusual que siento que la cara se me pone verde. No soy la única que lo percibe, porque a mi lado, Luke me codea para saber si me siento bien.
—Zoey, te extrañé tanto —me dice mi padre, con una sonrisa cálida. Dejo la maleta en el suelo y me entrego a su abrazo.
Su expresión es tan alegre que parece no notar lo nerviosos que estamos Luke y yo. Es un poco incómodo pensar que durante años fue su profesor, y ahora, su mejor alumno está saliendo con su hija.
—Yo también —susurro cuando me suelta, también sonrío, caigo en la cuenta que realmente lo he extrañado.
—Cuando imaginé que vendrías por el verano, tenía muchos planes en mente. Pero ya ves, el destino siempre tiene sus propios caminos. —se sincera — ¿Cómo te lo has pasado? Me gustaría hacer un par de planes antes de que empieces la universidad.
—Eso suena genial, tengo ganas de volver a recorrer la ciudad.
Los ojos de mi padre asienten con alegría y luego pasan su atención al metro ochenta de mi lado, que hasta hora, por primera vez, se mantiene callado, casi queriendo pasar desapercibido.
—Eh, Luke —interviene mi padre.
Se remueve en su sitio, no se qué es lo que sucede, pero él y mi madre están raros, ya no se ladran, pero tampoco es que se hablen demasiado.
—¿Cómo está señor Williams? —pregunta, amigable.
Sí, amigable.
Parece que él también está nervioso. Mientras espero a que diga algo, observo las venas de su cuello y de sus brazos, y noto que sobresalen más de lo normal.
—Han sido unas semanas algo aburridas. Extraño a mis alumnos de la preparatoria Higgins —dice mi padre.
—Es un buen profesor, seguro también lo extrañarán —le contesta. —Por cierto, me gustaría contárselo personalmente dado su ayuda para las recomendaciones de ingreso; decidí estudiar programación en Dertmouth. Creo que encontré algo en lo que podría ser bueno.