Pasaron seis años desde la última vez que Sam y Luke tuvieron noticias de Zoey, su amiga de la infancia.
Ahora, Zoey ha vuelto a la ciudad porque Sam la necesita.
Todos los buenos recuerdos de Samuel los protagonizan sus dos viejos mejores amigos...
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flashback
—¿Por qué ya nadie viene a verme? —preguntó Sam con tristeza.
Habían iniciado 11avo año hacía dos meses, y a diferencia de décimo, a pesar de que seguían siendo los mismos compañeros y la misma maestra, nadie además de Luke y Zoey se pasaba por el hospital con frecuencia.
—Es que la señorita Albernati nos manda muchos deberes —le contestó Luke.
Era una mentira, pero Zoey lo respaldó. Compartían algo sin quererlo: estaban dispuestos a lo que fuera para que Sam siguiera siendo Sam. No podían tolerar que la parte fea del mundo lo devorase en su situación actual.
—Una pila enorme, casi roza el techo.
— Viene a verme dos veces a la semana para ponerme al día y sé muy bien que no manda deberes. —rebatió Samuel, ahora se sentía molesto con sus amigos.
Zoey y Luke intercambiaron una mirada. Ya no podían ocultarlo más.
—Tayson le ha dicho a todo el mundo que tu enfermedad es contagiosa —Luke Sintió tanta lastima de su mejor amigo que tuvo desviar la mirada cuando Zoey se hizo cargo de trasmitirle a Sam la verdad.
Samuel se tardó unos instantes en contestar y, cuando lo hizo, se le quebró la voz de tanta tristeza.
—¿Por qué diría algo así? Ante todo, todos somos amigos en el colegio.
De verdad pensaba eso. De verdad Samuel pensaba que todos los niños de su edad carecían de maldad como él. Pero Luke tenía creencias muy diferentes.
—Porque es un imbécil. ¡Y no puedo creer que siempre se entere de todo porque su papá es parte de la guardia médica! —Se las hizo saber con mucha rabia.
Estaba molesto porque sabía lo que pasaba, la persona más positiva que él conocía, comenzaba a flaquear y a dejar que el miedo y las dudas se materializaran en su cabeza.
—Estamos pensando en algo para devolverle la jugarreta. —Zoey también se sentía molesta.
Sucedía poco, pero en ocasiones se encontraban el uno al otro más allá de opuestos, de puzles formados por distintas piezas. A veces compartían mismos pensamientos y miedos. A veces lo similar le ganaba a lo distinto.
—Ya me da igual lo que digan los otros. —los sorprendió Samuel. Tenía la nariz colorada e hinchada, pero igual dijo: —¿Sabes por qué? Porque al menos los tengo a ustedes. ¿Quién necesita a otros niños si solo pueden enchufar tres joysticks a la tele?
L U K E
Si hay algo que aprendí en mi corta vida es que la gente es estúpida.