Pasaron seis años desde la última vez que Sam y Luke tuvieron noticias de Zoey, su amiga de la infancia.
Ahora, Zoey ha vuelto a la ciudad porque Sam la necesita.
Todos los buenos recuerdos de Samuel los protagonizan sus dos viejos mejores amigos...
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flashback
—¿Qué pasó? ¿Te has quedado solo? —preguntó Tayson con una sonrisa burlona el primer día de clase, cuando todos empezaron su primer año de secundaria.
—Dado que el débil de Sam está enfermo y la mocosa de Zoey no volverá a la escuela, Luke Dyer es el único de la clase que almuerza solo —respondió el mejor amigo de Phillips, empujándolo suavemente.
—Cierra el pico, Tayson —le espetó Luke. En el verano había crecido bastante, había madurado de una manera que sus demás compañeros jamás comprenderían.
Pero no era el único que había crecido; Tayson también lo había hecho, aunque solo en altura.
—¿O qué vas a hacer? ¿Decirle a tus amigos imaginarios que intercedan? —retó Tayson, con una sonrisa despectiva.
Ahora Luke era más maduro, pero no idiota. Provocar a la pandilla de Tayson, sin tener refuerzos, solo le provocaría un ojo violeta y mucha hinchazón.
—¿Quién quiere ser amigo de un perdedor? —siguieron diciendo.
—Pasa todas las tardes en el hospital. ¿Quién nos garantiza que no le pegará alguna enfermedad rara? —continuaba Tayson, alimentando el rechazo.
—Se juntaba con Sam y el enfermo. Luego Zoey desapareció. ¡Luke contagia la peste! —gritó uno más.
—¡Luke contagia la peste! —repitieron en coro, con voces temerosas y llenas de desprecio.
—Si se acerca a él, se le caerá el pelo y vomitará hasta morir. ¡Nadie se le acerque! —añadieron, con un tono de alarma y rechazo.
La lealtad, pensó alguien, es un sentimiento demasiado animal. No se aprende, surge sin más, como una raíz profunda e imposible de arrancar. Y Luke era tan leal a Sam que no le importó vivir el siguiente año como un lobo solitario.
Z O E Y
—Y por eso nunca se debe dejar a dos chicos con una tarea tan importante como comprobar el nivel de gasolina de la furgoneta —dice Sophie, enfadada.
Es la primera vez que la veo tan molesta, pero no es difícil entender el motivo. Nos despertamos a medianoche en un sitio desconocido con la noticia de que estamos varados porque nos falta gasolina. Cuando, claramente, antes de irnos a dormir, les advirtió que teníamos que hacer una parada.
—Lo siento —se disculpa Sam con ella.
Con los brazos cruzados, Sophie asiente, mientras dirige su mirada hacia Luke.
—¿Y tú qué?
—Perdón —replica también.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunto, también temerosa de recibir una reprimenda.