Pasaron seis años desde la última vez que Sam y Luke tuvieron noticias de Zoey, su amiga de la infancia.
Ahora, Zoey ha vuelto a la ciudad porque Sam la necesita.
Todos los buenos recuerdos de Samuel los protagonizan sus dos viejos mejores amigos...
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ZOEY
El lugar se llama VooDoo Lounge, y las doce letras del nombre centellean en un verde neón, como si intentaran hipnotizar a cualquiera que se atreva a cruzar la puerta. Al entrar, el halo de luz no se queda atrás; una mezcla del mismo tono verdoso brilla en el interior, combinándose con focos fluorescentes que iluminan a las personas que parecen haberse escapado de un carnaval.
Nada más cruzar la puerta el calor me da de lleno en el rostro. Jadeo, en busca de algo de aire, y me abro paso entre la multitud como puedo junto a Sophie, estaba acostumbrada a lidiar con aglomeraciones en el instituto, pero el ambiente aquí me resulta abrumador.
Toda la atmosfera, en realidad, hace que se me revuelva el estómago. No tengo ni la menor idea de si mi reacción es normal, ilógica o simplemente ridícula, pero me entra un sofoco profundo cuando ya estamos completamente dentro.
—¿A que está genial? — exclama Sophie en mi dirección.
—No sé si sea mi tipo de fiesta.
Observo como la gente se amontona en una esquina en particular y empujan.
—¡No seas aguafiestas! —me sacude divertida —Ven, vamos a ver que están dando por allá.
Hasta ahí nos dirigimos, una canción hispana empieza a sonar con tanta fuerza por los altavoces que me duelen los oídos cuando nos ponemos en la fila. En esta perdemos al menos unos siete minutos hasta llegar primeras, y al llegar lo que tenemos en frente es un perchero gigante, de al menos unos cinco metros de largo, con un montón de trajes y disfraces de distintas temáticas y tamaños.
—Es una fiesta temática —Se alegra Sophie, esquiva un par de codazos de otras personas mientras se dispone a hurgar el colgador.
Saca unas alas verdes llena de brillantina y una varita mágica.
—Esta combina con tu vestido —me lo extiende. Y se interesa por otro después — ¡Mira esto, yo siempre quise probarme una de estas faldas hawaianas!
Termino de ponerme el traje. Las alas, además de venir con una varita, vienen con un vestido verde manzana que a pesar de ser ajustado, es elástico y se estira lo suficiente para colocármelo sobre el mío.
—Me veo ridícula.
—Te ves adorable. Y sexy —advierte —. Eres una hadita sexy. ¡Y no se visitan Las Vegas todos los días así que vamos a disfrutarlo!
Y resulta ser convincente cuando se lo propone. Porque, aunque guste o no, tiene razón. No voy a volver a Las Vegas en un futuro cercano, tampoco voy a volver a ver esta gente.
La fiesta está en pleno apogeo para el momento en que nos deslizamos entre las personas de coloridos y diversos disfraces hacia el interior de la sala. Un Hulk platica animadamente con un duende, calaveras bailan con brujitas, diablas y una que otra monja; veo animadoras sonriéndole a los piratas de la entrada y a un sacerdote que reparte tragos con alcohol a un par de Gladiadores romanos. Mario Bross toma lo que parece ser un shot con caperucita roja y buzz lightyear posa para una selfie con un minion.