39| Una casilla más

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L U K E

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L U K E

Cuando abro la puerta, lo único que consigo escuchar son el eco de mis pasos y la respiración acelerada que se me escapa. Avanzo lentamente hacia la sala de estar, todo parece estar en silencio, en mute, mi casa jamás ha sido silenciosa y lo confirmo cuando los ojos llorosos de mi madre son lo primero que veo al cruzar el recibidor. Su rostro parece haber perdido toda clase de vida y en cuanto me ve ahí parado, los ojos se le desbordan de lágrimas.

—Oh, cariño... —susurra, con la voz quebrada.

Se levanta para rodearme con sus brazos, a mí solo se me forma un nudo en la garganta y soy incapaz de emitir palabra. Cuando me abraza, siento su corazón latir con tanta fuerza desbocada que me da la sensación que saldrá.

La realidad se vuelve insoportable: no puede ser verdad. Samuel no puede estar muerto, la operación salió bien. Tuvo que haber salido bien. Todas las pruebas—los análisis, los hemogramas, los grupos de Rh y las evaluaciones computarizadas—dieron a entender lo mismo: resultados positivos. Le aseguraron que saldría sano de allí, lo vieron ingresar vestido de una promesa que no pudieron cumplir, con una sonrisa en la cara llena de expectativas, ¿Lo habrán escuchado hablar de todos sus planes mientras le colocaban la anestesia? ¿Le habrán oído hablar de todo lo que hizo el último mes mientras el fármaco se le esparcía por las venas?

— ¿Qué..que fue lo que pasó? —Mi ruego casi silencioso se dispersa en el viciado aire que nos rodea.

El corazón me choca contra las costillas cuando veo su labio inferior empieza a temblar.

—La operación falló a las pocas horas de que lo ingresaron— Cierra los ojos en un intento de controlarse —. Lo intentaron reanimar durante diecinueve minutos, pero su corazón no soportó.

De repente, siento que no puedo mantenerme en pie. Son cuatro palabras. Cuatro palabras que cambian todo: su corazón no soportó. La visión se me nubla, las lágrimas inundan mis ojos y un dolor profundo recorre cada parte de mi ser, como si alguien me hubiera arrancado la medula espinal de un solo tirón.

¿Esto? Es la sensación más dolorosa del mundo.

Mis oídos se llenan de ruido blanco mientras mi madre se lamenta en voz alta. Solo hay predicciones malas que se pasan por mi cabeza: nunca volveré a verlo reír por una broma tonta, ni a escucharlo quejarse por lo mal que juegan los Philadelphia Phillies. Tampoco voy a reprocharle lo mal que lee los mapas, ni a oírlo decir que soy demasiado terco, un pesimista y que escondo mi mejor lado porque apenas permito que la gente entre en mi vida. Pero que él sabe quién soy debajo de tantas capas, que algún día aprenderé a salir de esa cueva, y que mi vida cambiará para siempre.

Y ahora, en eso ultimo tiene razón.

Porque ahora mi vida, ya no será la misma que era.

Escucho la voz de mi padre de forma distorsionada, ha salido de la cocina cos dos vasos de agua y se esfuerza para que mi madre deje de llorar. Me dice algo al oído, palabras de consuelo, pero no oigo nada, no veo nada, no siento nada excepto este dolor asfixiante que me estruja los pulmones al pensar que todo ha terminado, que ahora sí, que Sam se ha ido, que ya no queda nada.

Dos veces hasta prontoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora