30| Tercera vez.

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Z O E Y

—Y de mi familia, de mis hermanos y, claro, de Stanley también. —aclara, carraspeando. —Perder no es la palabra, mas bien diría..alejar, no quiero alejarme de nadie...otra vez.

La parte racional me susurra que la borrachera está distorsionando mi oído y que, probablemente, mi cerebro está interpretando lo que quiere escuchar en lugar de lo que en verdad se dice. Intento cambiar de perspectiva y responder con sensatez.

—Evidentemente de toda la gente que te importa —clarifico. Por supuesto que no podría desear quedarse en Pensilvania solo por mí.

—Así es —afirma. Se rasca la nuca con fuerza.

—Exactamente.

El silencio incómodo se sienta como un espectador a observarnos. Dentro de unas cuatro paredes tan pequeñas, y me doy cuenta de que hemos entrado en un callejón sin salida. Un punto cualquiera en la pared me resulta muy interesante, hasta que él habla de nuevo.

—¿Entonces, ya se te pasó la borrachera? Quiero mi cama de regreso.

—Todo un caballero —respondo, levantándome lentamente para desplazarme al otro lado de la cama.

El movimiento me provoca un ligero mareo, pero pronto desaparece al hundir la cabeza en el edredón. El aroma es diferente. Este huele a detergente y limón, en contraste con el otro, que estaba impregnado de un olor más familiar: testosterona, lavanda y pino, el inconfundible aroma de Luke.

Mira qué eres tonta, ¿qué haces olfateando un edredón como una loca?

Debo obligarme a despejar esos pensamientos de mi mente. Así que decido volver a preguntar:

—Oye, seguro que no he hecho nada embarazoso, ¿verdad?

Al escuchar mi voz de nuevo, también lo distraigo de lo que estaba haciendo. Se vuelve desde el placar, debajo del televisor, donde organizaba sus cosas, y me mira con una ceja alzada.

La verdad es que los recuerdos de mi lengua indiscreta me acechan. Sé muy bien que con un par de tragos de más suelo hacer cosas tontas que luego traen consecuencias de las cuales me arrepiento. Tengo experiencia estropeándolo todo cuando un torrente de confusiones y un vaso de vodka se cruzan en frente y hacen colisión.

—Solo intentaste montarme en un ascensor con una familia presente.

Se me abren los ojos de golpe y me levanto apoyándome en el codo para mirarle la cara, espantada. Pero en la suya hay una sonrisa tonta y estúpida.

—Qué imbécil eres —reprocho y vuelvo a hundirme para tumbarse en mi pecho—. Dime la verdad.

—No has hecho nada.

Esa es una noticia muy buena, una que al menos me dejará dormir en la noche. Si es que el hecho de tener que compartir una habitación me deja pegar el ojo. Sin embargo, cuando pienso que se meterá al baño y me dejará sola en la habitación, gira sobre sus talones y retoma la conversación:

—Salvo que sí mencionaste algo que ahora no puedo quitarme de la cabeza.

Oh, no.

—¿Cómo es eso de que te falta escribir un capítulo de sexo? —añade.

Mis mejillas se enrojecen como si hubiera bebido un litro de vodka de un solo trago. Sin embargo, no puedo fingir demencia ni escapar de la conversación, principalmente porque él ha descubierto a la perfección mi faceta de mentirosa.

Dos veces hasta prontoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora