31| El lago Tahoe

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L U K E

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L U K E

—Pues muy bien, de camino a destino y sin desvíos. —señalo, cuando accedemos a la carretera principal y pasamos delante de un cartel de señalización.

Las horas del domingo en Las Vegas las habíamos dividido en dos partes: Por la mañana decidimos aprovechar al máximo los espectáculos gratuitos y hacer un poco de turismo por la ciudad. Comenzamos nuestro recorrido en las fuentes del Bellagio, nos dirigimos al Mirage para presenciar el volcán en erupción, nos tomamos una foto junto al famoso cartel de Las Vegas y, por último, visitamos la réplica de la torre de París.

Dedicamos la tarde a preparar nuestro equipaje y a descansar un poco. Ahora, mientras el sol comienza a descender, nos despedimos de los hoteles y las luces brillantes de la ciudad. La carretera comienza a adueñarse del paisaje, y el desierto que se extiende a ambos lados solo significa una cosa: estamos a un paso del Gran Cañón y, por ende, cerca de emprender el camino de regreso a casa. Semanas atrás, habría dado cualquier cosa para que el viaje llegara a su fin, pero ahora una parte de mí siente una profunda nostalgia. Una nostalgia acompañada de una incertidumbre insoportable. La voz de Zoey se repite en mi mente como un disco rayado, su voz, su risa y todo lo que ha pasado entre nosotros las últimas semanas. Mierda, soy igual que todos los mortales de carne y hueso.

—¿Y cómo pasaron la noche, ustedes dos? —Samuel me quita de mis pensamientos, desde el asiento del copiloto.

—Eso deberíamos preguntártelo a ti—repongo, tomando la ruta principal —¿A dónde escapaste antes de que te encontrara Sophie?

Repiquetea sobre el posa brazos del auto, contento.

—Fui a un evento de realidad virtual donde pude manejar un Meseretti, fue una pasada. Incluso conseguí que se subiera a un Camaro.

—Fue alucinante—añade esta.

—¿Y después? —se interesa Zoey.

—Y después volvimos a dormir porque nos esperaba un día largo.

—¿Y pudieron dormir con los golpes? —rebato.

Su mirada primero se posa en el parabrisas, pero rápidamente vuelve a mis ojos. En sus labios se dibuja una mueca.

—¿De qué golpes están hablando? Yo no oí nada. ¿Tú, Sophie? —gira el cuello para observarla.

—Yo tampoco.

Traga saliva y se le escapa una respiración entrecortada.

—Joder, es que disimulan fatal —refunfuño.

Quiero girar las perillas de la radio hasta que la música no de más, pero sé que un haciéndolo, el ruido que permanece en mi cabeza no se irá. Tac, tac, tac contra el respaldar.

Siento nauseas. Y estoy bastante seguro que Zoey y Sophie también la sienten, lo sé porque esta última cambia el color de su cara a un rojo intenso. Sin embargo, ajeno la situación, Samuel sigue disimulando fatalmente.

Dos veces hasta prontoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora