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Ares

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Ares

Metió las manos en sus bolsillos, ajeno a lo que le rodeaba. Iba con la cabeza gacha mirando sus deportivos con sus pensamientos lejos de la calle que transitaba. Recordaba la charla escueta que tuvo con la señora Marga acerca de su nieta. Parecía lejano pero fue exactamente hacía dos días. Algo que no olvidaría pues la seriedad con la que se lo dijo lo impactó. Fue tan simple como cuatro palabras, No le hagas daño. No sería algo complicado para él, pues no tenía esas intenciones. La mujer mayor también le agradeció haber cambiado a su razón de vivir, haberle dado una sonrisa y haberle levantado el ánimo que perdió de bien pequeña. En definitiva el fue un buen salvavidas para la joven adolescente. No iba a decepcionar a su abuela y menos a ella misma. ¡Estaría loco si lo hiciera! Esa chica valía mucho aunque ella no lo viera y seguramente ni lo creyese. Pero era complicado, no todo es un sueño donde tu construyes y llevas la historia como quieres, donde tu eres el títere. Había días que su humor decaía y su confianza se escondía dejándole preocupado y queriendo no separarse de ella en todo el día, o todos los días saber de ella, menos ayer que no supo nada de ella.

Ayer no se hablaron, no se vieron, no se chatearon y para Ares se sintió vacío, como si algo en el día anterior le faltara. Esos pensamientos le asustaban. Conocía a la chica hacia un mes y pocas semanas y creía que se estaba metiendo en su mente demasiado rápido, así como nunca lo hizo Clara, la chica de la cual creyó estar enamorado. Su nombre estaba tatuado por todas partes, allá donde miraba se acordaba de ella, allá donde nombraran un algo curioso aparecía ella, al ver a Santi estaba ella, en clases estaba ella... ¿¡No podía dejarlo un momento!? Todo era tan contradictorio, quería estar cerca de ella y otras veces alejarse por él mismo. ¡Ella lo trastornaba! Mujeres, pensó. 

Irónico, ahora mismo iba de camino a su escuela para raptarla. Era por la tarde pero a través de Santi se enteró que el curso de Ashley se quedó a recoger el gimnasio y todo porque unos chicos se pusieron a jugar al balón de forma bastante bruta consiguiendo fundir una de las luces por un golpe. Injusto pero así fue. Claro que ella no sabía que él iba y menos tenía claro que estuviese cuando llegara. ¿Y si ya se había ido a su casa? De igual forma iría.

El día era grisáceo, algo triste y no apetecía mucho salir a la calle, el aire le hacía encogerse y eso que incluso cogió una cazadora, ya que de normal no era propenso a tomarla. De hecho nunca lo hacía, antes pasaba frío pero tal vez, solo tal vez, en esta ocasión algo era distinto. Se negaba a pensarlo pero se dijo que ella podría tener frío y por eso la llevaba, la misma cazadora que le prestó cuando la conoció.

Al llegar se vio un poco perdido, es cierto que vino varias veces con su amigo para hacer la inscripción pero no prestaba atención y ahora pagaba las consecuencias. Dio un repaso a todo el lugar y distinguió lo que podría ser el gimnasio, así que se encaminó hacia allá con una sonrisa ladeando sus labios. Suspiró, la puerta estaba cerrada pero dentro había luz. Se asomó por la pequeña ventana circular que tenía esta y pudo ver a varios chicos y chicas cargar material deportivo. Escaneo todo o parte del lugar porque la pequeña ventana no le dejaba ver mucho y no tuvo éxito encontrándola pero si sabía que estaba allí. Un repiqueteo le hizo apartarse sobresaltado y una chica de cabello rojizo se asomó tras la puerta. Era bajita con el pelo rizado y una bonita sonrisa.

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