Joseph había estado extraño todo el día. Distante. Callado. Se quedó en el sofá como si fuera un invitado incómodo en su propio departamento, sin dirigir siquiera una sola palabra hacia mí. Y aunque intenté convencerme de que no me importaba, una parte de mí... una pequeña y punzante parte, insistía en que algo de todo eso era mi culpa.
Caminé por cada esquina del departamento, buscando distraerme de los pensamientos que me perseguían desde que Joseph irrumpió en mi vida. Pensé en mis amigas, ¿acaso se preguntan por quéde pronto ya no me ven tan seguido como antes?. Pensé en mi familia, en esos meses enteros sin una llamada, sin un mensaje, en James.... Y ahora Joseph tampoco me hablaba. Estaba sola. Y lo peor era reconocerlo: en apenas unos días, había dependido de su compañía mucho más de lo que jamás hubiera admitido.
Salí al balcón para respirar algo que no fuera ese silencio. El viento frío me golpeó el rostro y agradecí la sensación; al menos era algo real. Me dejé caer en el sillón de la derecha, abrazando mis propias piernas mientras observaba el cielo encapotado, gris, pesado... casi tan apagado como yo. Saqué el teléfono con la necesidad urgente de escuchar la voz de alguien que me recordara que tenía un hogar, que tenía un lugar al que podía volver. Marqué el número de mis abuelos.
El tono sonó una vez. Otra. Otra más. Nadie contestó. Finalmente, el buzón de voz reemplazó su ausencia con un silencio mecánico que dolió más de lo que esperaba. Dejé escapar un suspiro largo, cansado, casi derrotado. En ese instante, el viento sopló más fuerte, como si quisiera arrancarme aquello que me estaba consumiendo por dentro... pero no lo logró. Yo seguía sola. Y lo sabía demasiado bien.
-Hola, abuela... hace mucho que no sé de ti ni del abuelo- murmuré intentando sonreír para que en el mensaje sonara más tranquila de lo que realmente estaba. En cuanto escuché mi propia voz, la nostalgia me apretó el pecho; recordé todas las veces que hablábamos de cómo sería mi vida cuando viviera sola, y cómo me prometí que jamás perdería el contacto. Ahora, a kilómetros de distancia, solo deseaba sentir su abrazo.
-Solo llamaba para decirles que estoy bien y... que los extraño- la voz se me quebró al final, así que decidí cortar antes de que escucharan algo más que pudiera preocuparlos.
Respiré profundo limpiando la lágrima tibia que rodaba libremente por mi mejilla y me quedé mirando el cielo grisáceo, intentando recomponerme. Cuando escuché la ventana corrediza abrirse un poco más detrás de mí. No quise voltear. Parte de mí no quería que Joseph me viera así.
Pero él se sentó a mi lado en silencio, como si también buscara aire.
-Sé cómo te sientes- dijo al fin. Su voz era baja, casi frágil. Bajé la mirada sin mover la cabeza, para que no notara que lo escuchaba con más atención de la que pretendía mostrar. -Deberías estar allá afuera... sonriéndo o maldiciendo a la vida, con tu familia y tus amigos. Ese es tu lugar. No aquí, encerrada conmigo-
Sus palabras me golpearon como una confesión que no esperaba. Sentí un vuelco extraño en el corazón, tenía razón. Pero a la vez... no era su culpa. Alcé la mirada para verlo bien, su rostro cargaba una culpa que no entendía del todo, una sombra que hacía más duros los contornos de su expresión.
Quise decirle que no debía cargar con eso, que yo no lo culpaba. Que nadie me había obligado a quedarme.
Pero las palabras se quedaron atoradas, temblando justo antes de nacer.
-quisiera poder decirte, vete se libre pero no puedo, no mientras estés en peligro- Se encogió de hombros mientras daba por finalizada su conversación y entendí que no era su culpa, el solo quería protegerme y yo por mi parte me muestro egoísta y mal agradecida.
ESTÁS LEYENDO
Arcángel
FantasyEn un mundo donde lo místico es irreal y lo paranormal se convierte en locura, Katherine Felming una joven mujer quien recién empieza su nueva vida en Cambridge descubre que nada es lo que parece y las personas no son quienes pensó que eran. Tras co...
