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Narra Peter:

El avión se retrasó. Al final llegué a Buenos Aires la madrugada del 31 de marzo de 2006.

15º cumpleaños de Lali. Y muriéndose. Sin mí. Me sentía re culpable.

Nada más llegar, me saltaron todas las llamadas que había recibido durante el vuelo en el celular. María me había llamado... ¡Qué raro!

La devolví la llamada...:

— ¡Peter! ¡Por fin! Tengo que decirte dos cosas.

— ¿Por qué me llamas? — pregunté mal humorado.

— A ver, pará un poco y escúchame. La primera es que... no estoy embarazada. Tu viejo me obligó a mentirte. Y la segunda es que tus viejos llevan presos una semana.

— ¿Qué? — pregunté sorprendido.

— Eso, después te llamo y te cuento. Ahora es temprano, chau — cortó la llamada.

Mis viejos presos... así, sin más. Y yo sin saber. Y además la habían obligado a Mery a mentirme con lo de que estaba embarazada. Sentí un fuerte odio adentro mío. Quería matarlos... eran dos malas personas. Además seguro que también tenían algo que ver con la enfermedad de Lali... me daba asco ser un Lanzani.

Llamé a Pablo, tenía que explicarme todo.

— ¿Hola? — atendió. Tenía voz de dormido.

— ¡Pablo! — exclamé.

— Una aparición — Pablo rió —. ¿Sos un fantasma o sos el verdadero Peter? Has estado desaparecido un montón amigo...

— Costaban mucho las llamadas.

— Me imagino...

— Pero ya estoy acá — dije satisfecho.

— Y menos mal...

— Lo decís... ¿por Lali? — pregunté dudoso.

— Sí, no sabes cómo está. La tienen que dar el alimento por vía... está re flaca, pálida... todo el día se lo pasa encamada. Solo se levanta para ir al baño y da gracias. Voy a verla todos los días... Siempre me pregunta por vos pero yo la digo que no sé nada...

Pobrecita. Ahora pienso en todo el mal que la hice...

— ¿Y qué pasó con mis padres?

Hubo un silencio al otro lado.

— Pablo — lo llamé.

— La envenenaron, a ella y al resto de la familia. Tus papás, por eso están presos. Tu hermano está con tu abuela... es una pena todo lo que está pasando. La envenenaron por una deuda de no sé qué. Y el papá de Lali tenía a tu papá en el testamento. Ellos sabrán contártelo mejor.

Era hijo de dos monstruos. Habían sido capaces de envenenar a una nena, a una beba... me podrían haber hecho algo a mí también

Solo de pensarlo se me erizaba la piel. Que horror...

— Tenés que ir a verlos, de verdad.

— ¡Ni pienso! — grité fuerte.

— Ellos saben cómo se expulsa el veneno Peter. Solo a vos te pueden dar la cura.

— Pablo, si los veo los mato.

— ¿Querés que se muera? El doctor no la da ni 3 días de vida?

Me puse a llorar, de vuelta. No hacía nada bien, todo lo hacía mal. Lali se iba a morir por mi culpa y no estaba haciendo nada para poder evitarlo. Ni siquiera volver a hablarme con mis padres.

— Está bien — cedí al final. Necesitaba volver a ver al amor de mi vida. Sin ella mi vida también se podía ir... Yo la amaba, ella no me había mentido, mis viejos lo habían hecho.

— Prisión Rosales. Mis padres han ido ya un par de veces. Tené cuidado.

— Gracias.

Y corté la llamada sin apenas despedirme de Pablo y pedí un taxi hasta llegar a la prisión Rosales.

Al entrar noté un olor raro. Había un pabellón de hombres y otro de mujeres. Entré al de mujeres. Indudablemente la única que me podía ayudar era mi madre. Mi padre no me iba a decir nada, nunca me había querido, e iba a ser una pérdida de tiempo. Lo sabía bien.

Al entrar donde las mujeres, una mujer policía me frenó.

— ¿A dónde va?

— Soy el hijo mayor de Claudia Vargas. Vengo a verla.

— El horario de visitas aún no empezó.

— Es urgente. Ella me va a dar el antídoto para salvar a la chica envenenada.

La policía abrió mucho los ojos:

— ¿Cómo dice?

— Que me va a decir cuál es el antídoto. Estoy seguro. Soy su hijo, en el fondo ha de quererme.

— Quédese en espera en la sala de visitas — dijo señalándome una puerta —. Vuelvo con ella en un rato.

Otro policía me acompañó a la sala y se quedó conmigo hasta que mi madre y la otra policía llegaron:

— Hijito.

— Hola — dije muy fríamente.

— ¿Por qué volviste de Boston?

— Eugenia me contó todo.

— Oh... Todo fue idea de tu padre, no mía.

— Vos la aprobaste, así que no te hagas la pobrecita, ¡la culpa es de los dos! — dije calentándome.

— Bueno...

— ¡Decime ya el antídoto!

— Ni se te ocurra gritarme.

— Grito si quiero. Vos sabes que yo la amo a Lali. Que de chiquito también la amaba, que jugábamos juntos, y ustedes nos separaron. O me decís la medicina o te juro que contrato a alguien para que te mate.

Me di cuenta de que estaban los dos policías escuchándonos, pero me daba igual.

— Es una planta. La venden solo en la floristería de la calle Barco.

Estaba justo en la otra punta de la ciudad. Creo que de camino, podría pasar a ver a Lali. No sabía cuánto tiempo la quedaba...

— Buganvilla.

— Perfecto — me quedé con el nombre de la flor en la cabeza —. Hemos terminado.

— ¿No me vas a dar un abrazo?

— No te lo mereces — me levanté de la silla y me fui acompañada por el policía, ignorando a mi madre. Ella ya no se merecía nada de mí.

-...-

Narra Euge:

— Positivo — dije apenada.

— La puta... — dijo Rochi mientras estaba arrodillada en el suelo.

— Rochi mátame.

— No, ahora ya no se puede hacer nada.

— ¡ROCÍO MÁTAME!

Rochi me agarró de las manos:

— Da las gracias a Dios, que no estás en un reformatorio. Cris te va a retar seguramente, pero te vas a quedar a vivir acá... así que no te preocupes. Todo va a estar bien...

¿Sería verdad?

El Perfume - TERMINADADonde viven las historias. Descúbrelo ahora