Diecinueve - 1/5

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Llámenme tonta pero el loco plan de Jen es un disparate. No entiendo ni qué sentido tiene aquello. Kavinsky ni siquiera me considera atractiva. Somos... bueno, ahora ni siquiera soy su amiga.

¿Por qué molestaría a Kieran que fuera a la fiesta con un chico?

¡Por Dios, estará mas que ocupado con Lindy y sus curvas! Dudo que me note. Prácticamente, podría confundirme con una cortina. Y Jen, que cada día esta más chiflada, dice que lograré ponerlo celoso.

Sí, claro.

Sinceramente, no sé que tienen en la cabeza, ella y sus dos ayudantes —Mel y Abbi—. Se les ha metido entre ceja y ceja que debo vengarme de Kavinsky. Se lo han tomado bastante personal, hasta Abbi, que idolatra a Kieran como si se tratara de un Dios, tiene unas inconsumibles ganas de venganza. Y aunque apoyo esa parte del plan, juro que trato de esforzarme pero no veo el punto de todo esto. Será una pérdida de tiempo.

Y a pesar de eso no opongo una gran resistencia a que las chicas se comporten como hadas madrinas, me enfunden en un vestido y un par de tacones negros, y me lleven hasta las puertas del infierno junto a tres desconocidos y James.

Cuando habían sugerido que debíamos traer chicos yo me negué rotundamente. A nadie le importó, Jen ya tenía su celular en la oreja, Mel enviaba un texto a su novio y Abbi aplaudía y saltaba de un lado a otro de mi habitación. Fui terriblemente ignorada. Luego, aparecieron estos tipos en un Volvo negro y mis contradicciones desaparecieron. No estoy segura, pero se ven como universitarios. No tengo ni idea de donde los ha sacado Jen, aunque parecen salidos del cielo.

El rubio tras el volante tiene unos anchos hombros y enormes bíceps que cada vez que se mueve se contraen y... es la gloria misma. Eso que solo le he visto los brazos, que es lo único que su camiseta blanca deja al descubierto. Su cara es un misterio ya que yo etsoy apretujada contra la ventana en la parte de atrás y apenas puedo moverme. Mel va en el asiento del copiloto, en las piernas de su novio, pero de vez en cuando mira hacia atrás y trata de no babear. Es difícil, no imposible. El chico que está junto a Jen es pelirrojo y tiene una sudadera de la que creo es su universidad. Por las miraditas que Jen le dedica, supongo que se conocen bastante bien. En el asiento del medio Abbi disfruta a lo grande del castaño que la rodea por completo y la atrae a su pecho en cada curva.

Al bajar, James y Mel se dirigen a la entrada. Los demás nos mantenemos callados. Las tres los escaneamos minuciosamente apreciando la vista, debo recalcar que el resto del cuerpo del rubio es igual de musculoso que sus brazos. Ellos también nos dan un buen repaso. Agradezco internamente que Jen, Abbs y Mel me han obligado a arreglar y maquillar. El vestido literalmente es puras lentejuelas plateadas y doradas. Dos tiras lo sostienen y cae ciñéndose a mis escasas curvas, pero todas concordamos en que me resalta el busto. No es largo ni tampoco corto, aunque está comenzando a hacer frío. Me gusta y hace perfecta combinación con los tacones negros que me hacen unos centímetros más alta. Las demás lucen geniales, cosa que es apreciada por sus respectivas parejas.

No hay vuelta atrás. Sin mencionar que ellas están lo bastante emocionadas para matarme si decido irme. Además, una estúpida fuerza extraña me jala hacia adentro; sin importar lo idiota que sea quiero ver a Kieran en este momento, con mis propios ojos. Tal vez luego lo lamentaré pero ahora quiero verlo.

Con ese pensamiento atravieso el umbral, siguiendo a los demás. Mientras nos adentramos en el lugar y pasamos entre los cuerpos sudorosos que no dejan de saltar y hacer raros movimientos que (sin ánimos de ofender y con todo respeto) podrían ser diagnosticados como epilepsia. Algunos se refriegan unos contra otros y no puedo evitar compararlos con perros con pulgas en el trasero. Toda esta rara colección de personas se mueve —mal o bien— en la improvisada pista de baile de la sala con la repetitiva música que parece interminable, emitida por un chico abstraído del mundo, con audífonos en lo oídos y suma concentración en su trabajo. Abundaban los vasos rojos de plástico en toda superficie plana en que se puedan apoyar y aún con la poca luz puedo distinguir que la casa de Lindy es grande y lujosa tanto en el interior como el exterior; los elegantes adornos en cada estante, jarrones costosos, algunos cuadros en las paredes —de los que no reconozco ninguno — con finos marcos de madera que dan la impresión de ser importantes aunque no lucen nada imponentes debido a que la mitad están rotos o manchados. Como en toda fiesta, hay muchos mostrando más de lo necesario por dos razones: la piscina en el patio trasero o se están enrollando en los sillones de cuero y el piso. Otros están en habitaciones próximas, jugando juegos estúpidos, hablando y emborrachándose. La cocina es una mezcla de todo lo anterior, con varias cervezas y un barril en medio.

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