Soy inestable.
Las películas románticas logran que se me suba un timbrazo desde el abdomen hasta la garganta.
Tiemblo.
Me retuerzo entre el florecimiento del sentimiento en mi cuerpo.
Hay vida dentro mío.
Pero no os confundáis, amigos míos. Que yo nunca he vivido el amor.
No he sido querida.
Y hace tanto que no quiero.
Me he obsesionado, me he retorcido en la desesperación de lo abominable, me desgarro ante imágenes intranquilas apareciendo en mi cabeza como el flash de una cámara antigua.
He deseado.
Y, oh, cariño.
El ser deseado ha sido otorgarle al ajeno aquello tan intrigante como una pieza de música clásica, pero no cualquier melodía, un rebosante y amargo sabor en los labios otorgado por el meloso "Claire De Lune".
Ah.
El placer.
La sensación, porque el sentimiento se encuentra en escasez.Pero sólo hay algo que me exprime más el alma, que me estira y me lanza a los aires para devolverme al suelo de golpe. Una cosa más bella que el año de 1983, donde ni siquiera existo pero los mágicos filmes están ahí para recordármelo. Algo tan inefable como las vestimentas de los 50's, que me sonroja tanto como las comedias de Febrero de 1994.
Los veranos sesenteros y la libertad de los setentas no alcanzan el nivel de los chirridos que suelta aquel espacio entre mis costillas.
Saber,
que soy,
deseada.
Superficial, dirán algunos. Pero para mí, es una sensación más profunda que escuchar el cello de "Suit No. 1 in G Mayor" mientras la mente se figura a un delgado chico frente al piano, tocando sin su camiseta puesta.
Fuera de contexto ambas cosas.
Pero nos gusta.
Y me encanta tener consciencia.
Entender cuando nuestro cerebro nos murmura después de un tronido de dedos:
Te desea.
Y te adueñas del mundo.Te apoderas hasta recordar que la melodía aún no termina. Pero has llegado a la pausa intermedia, donde las medias sonrisas y los pálpitos inquietantes que huyen de tu pecho para ser oídos por el mundo no son suficientes. Y te quieres demostrar que posees poder, que no deseas a esa persona de igual manera...
pero te tienta.
Tu cuerpo mantiene esas sensaciones inquietantes por segundos, y luego minutos, y luego horas.
Y luego...
Y luego no puedes mirar a esa persona sin recordarte: "Me desea".
Recreas escenarios en tu enferma cabeza donde aceptas un amorío que en realidad no quieres, pero el simple hecho de ser aceptado instantáneamente te hace pensar más, entrar en un mundo donde controlas todo.
Manipulas.
Al ser deseado te manipulas mentalmente.
Y es encantador.
Es algo malvado pero fascinante, un vuelo desesperado a tocar las nubes que tu madre juraba que eran de algodón de azúcar.Pero desear no es querer.
He sido deseada.
Pero nunca he sido querida.-Fin de la sinfonía-.
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