V

6K 333 65
                                        

—¿Me estás diciendo que dos de los Blumenberg te vieron el trasero en una misma semana? —me dice Logan estallando en risas cuando les cuento la historia a él y a Julie.

—Por lo menos ya no podemos decir que la niña no está poniendo de su parte para que la desvirguen —comenta Julie con un tono reconfortante completamente fuera de contexto.

—Ustedes dos aprovechan toda ocasión que se presente para recordarle al mundo que soy virgen, ¿no? ¡Como si ustedes follaran todos los malditos fines de semana!

—Como que yo sí lo hago... —susurra Julie mirando hacia su izquierda. Sé que está hablando de Christopher.

—Yo tampoco estoy lejos de hacerlo... —añade Logan.

—¡Ya! ¡Está bien! ¡Lo que ustedes quieran! ¡Nunca he follado a nadie! Pero, eso sí, cuando folle, voy a follar mejor de lo que ustedes jamás lo han hecho o harán en sus vidas, así que prepárense, porque van a escuchar mis gemidos en la putísima Alaska.

—Mi hermana menor, damas y caballeros.

Miro detrás mío para ver de dónde proviene esa voz y veo a Oliver parado en la entrada de mi habitación, apoyado en el marco de la puerta. ¿Cuándo fue que entró a la habitación? El chico es tan sigiloso como un gato fantasma.

—No sabía que estabas ahí —le digo.

—Eso me lo dejaste más que claro. Aunque, no te voy a mentir, se me hace extrañamente reconfortante saber que mi hermanita todavía es virgen. Ya sabes, siempre te voy a ver como una niña de cinco años. En fin, solo venía a decirte que preparé el desayuno. No sabía que Julie y Logan se habían quedado a dormir así que solo preparé panqueques para nosotros dos, pero si me dan diez minutos más preparo para ustedes dos también porque me sobró masa.

—Gracias, Oli —me acerco a mi hermano y lo abrazo. A veces puede ser muy agradable.

—No hay de qué. Ayer estaba avergonzado y todo por el pequeño espectáculo que armaste en la habitación de Alex, pero después pensé bien las cosas y me di cuenta de que la que más se arrepentiría de eso serías tú. Después de todo, jamás harías nada por el estilo estando sobria.

—Gracias por no enfadarte —digo rascándome el cuello.

—No soy papá, no me tocaría a mí hacerlo. Todo lo que te pido es que te asegures de recordarme que atraviese el Pacífico cuando folles para no tener que escuchar tus gemidos.

Le doy un golpe suave en el abdomen y me voy al baño porque, de no hacerlo, con las ansias que tengo, la orina se colaría a través de mi vejiga y se quedaría nadando entre mis tripas.

Mientras orino, agarro mi celular y vuelvo a leer el mensaje de Alexander. Los remordimientos me están matando. No puedo creer que haya dejado que viera prácticamente todo mi cuerpo en ropa interior y que para colmo hubiera insinuado querer acostarme con él. No sabía que podía llegar tan lejos estando borracha, pero, ahora que lo sé, no voy a volver a tomar una sola gota de alcohol en mi vida, por mucho que me insistan.

Hay una parte de mí que, a pesar de toda la evidencia a mi disposición, quiere creer que Alexander no sabe que soy yo quien le ha estado mandando mensajes desde la cuenta anónima todo este tiempo y que tal vez incluso haya estado borracho la noche anterior y por lo tanto no recuerde todas las estupideces que hice. Es esa parte de mí la que me impulsa a escribirle otro mensaje, para salir de dudas. Después de todo, no puedo quedar peor de lo que ya quedé.

Yo: «¿De qué estás hablando?»

Me quedo mirando el celular unos segundos después de enviarlo. Prosigo a bajar la palanca y lavarme las manos cuando escucho mi teléfono vibrar.

Al otro lado de la calleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora