Narra Nicaury.
—Vamos adentro, ya está oscureciendo —Le dije al pequeño Dereck.
Caminamos de regreso al castillo, y justo cuando íbamos a entrar, me topé con Rachel.
—¡Hola, Rachel! —La saludé con una sonrisa.
Ella se giró, y al verme, sus ojos se abrieron un poco. —Princesa, ¡justo la estaba buscando! —Luego, su mirada se posó en Dereck y una dulce sonrisa apareció en su rostro.
—¿Y este pequeño quién es?.—
Dereck, con la seguridad que lo caracterizaba, dio un paso al frente.
—Hola, mi nombre es Dereck.—Dijo, tomando una de las manos de Rachel con delicadeza y depositando un pequeño beso en ella.
Rachel soltó una risita. —¡Oh, qué educado! Sabes, tienes un nombre muy bonito.—
—Es el hijo de Josué. —Intervine, sintiendo cómo se me iluminaba el rostro al hablar de él.
Los ojos de Rachel se abrieron aún más. —¿En serio? ¡No sabía que el príncipe Josué tenía un hijo!—
—Sí, lo tiene. Es un niño muy lindo, ¿verdad? —Dije, mientras acariciaba el cabello suave de Dereck.
—Sí, la verdad es que sí. —Confirmó Rachel, todavía con la sonrisa.
Dereck, que había estado escuchando atentamente, interrumpió: —Voy a mi recámara.—
Asentí. —Claro, con cuidado en las escaleras. ¡Nos vemos en un rato!
...
Horas después, el vasto comedor del castillo se sentía como una jaula dorada. Las paredes forradas con tapices antiguos y la luz tenue de las velas solo conseguían intensificar la pesadez en el ambiente. Solo la reina Anne y yo estábamos sentadas a la inmensa mesa de roble, el eco de cada movimiento resonando en el silencio. La ausencia de los niños era un hueco palpable, y mi inquietud crecía a cada minuto. Finalmente, el nudo en mi garganta me impidió seguir callando.
—¿Por qué el niño no baja a comer con nosotros? —pregunté, esforzándome por mantener la calma en mi voz, aunque por dentro la pregunta ardía.
La reina Anne posó su cubierto con una delicadeza exasperante. Su sonrisa, siempre inquebrantable, no llegaba a sus ojos, que parecían fríos como el hielo. —Él no tiene permitido comer aquí —declaró, como si estuviera anunciando una verdad inmutable, sin rastro alguno de emoción. La frialdad de sus palabras me golpeó como una bofetada.
Mi corazón dio un vuelco. ¿No permitido? ¿En su propia casa? La indignación se apoderó de mí con una fuerza que apenas pude contener. ¡Qué se cree esta mujer, para decidir sobre los derechos de un niño!
—¡Pero por qué no! —exclamé, sintiendo la sangre hervir en mis venas.— ¡Él tiene derecho a estar aquí, es completamente injusto!—
La silla de madera chirrió ruidosamente al arrastrarla hacia atrás. No podía permanecer sentada, ni un segundo más, fingiendo una compostura que no sentía. La idea de un pequeño ser excluido de una comida, de su propia familia, me parecía aberrante, inhumana. El solo pensamiento me provocaba náuseas.
De repente, el sonido de botas resonó en el pasillo. El rey Aarón apareció en la entrada, su rostro grave, seguido de cerca por un pensativo Josué. Sus ojos se posaron en la escena: mi figura erguida, la silla arrastrada, el rostro impasible de la reina.
—¿Qué sucede aquí? —demandó el rey, su voz grave resonando con autoridad.
Me giré hacia él, la frustración desbordándose. —¿Cómo es eso de que el pequeño Dereck no puede bajar a comer aquí? —Pregunté, sin rodeos, señalando con la mirada a la reina Anne.
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Acepto
RomanceUn simple - Acepto.- Pronunciado con convicción o quizás con una mezcla de nerviosismo y esperanza, tiene el poder trascendental de redefinir el curso de una vida por completo, abriendo las puertas a un futuro antes inimaginable.
