Capitulo 25

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Horas después, cuando la oscuridad ya lo cubría todo, nos sentamos en la sala. El silencio era pesado. De repente, vi a Rachel, la dama de compañía de Nicaury, llegar corriendo. Su rostro estaba pálido, y su respiración agitada.

—¿Qué pasa, Rachel? —le pregunté, sintiendo un escalofrío.

—Ni… ni… Nicaury. Señor, ella no está bien —dijo, luchando por respirar—. La encontré desmayada.—

Mi corazón se detuvo. Mi mente se fue hace unos días atrás, a ese momento en España, cuando Nicaury se sintió mal. Mi cuerpo se puso en alerta.

—¿Qué le pasó? ¡Dime qué le pasó! —grité, levantándome del sofá.

—Señor… yo… ella… —dijo Rachel, sin poder decir nada más.

—¡Cálmate, Rachel! ¡Habla! —gritó mi padre, con la misma desesperación que yo sentía.

—Señor… no lo sé. Simplemente la encontré así, desmayada —dijo, y mi mundo se vino abajo.

No necesité escuchar más. La adrenalina me empujó a la habitación. La vi. Desplomada en el suelo, como si la vida la hubiera abandonado de repente.

—¿Qué pasó aquí? —gruñí, el pánico transformándose en rabia.

—La… la encontré así, señor. Vine a verla y… y… —Rachel balbuceaba, las lágrimas asomando.

La tomé en mis brazos. Su cuerpo era un peso muerto, una fragilidad que me golpeó. La dejé en la cama, cubriéndola. Era una obra de arte desprotegida. Su palidez me gritaba que el tiempo se agotaba.

—Ve a buscar a mi padre. Dile que llame al mejor médico que haya, ahora —dije, sin apartar los ojos de Nicaury.

Rachel obedeció y salió corriendo. Yo me quedé, tocando su mano fría. Esta mujer, con su inocencia, había desarmado mi corazón. Ella era mi salvación, y ahora la veía al borde del abismo.

Cuando el doctor y mi padre llegaron, mi respiración se detuvo. Los vi inspeccionarla, rezando para que la salven. A ella… a mi amor.

— ¿Ella ha estado comiendo bien en estos días? —preguntó el doctor, sin levantar la vista de Nicaury.

—No... no, apenas probaba los alimentos —respondió Rachel con un hilo de voz.

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Por qué no lo supe? Me limité a escuchar, sintiendo una mezcla de sorpresa y culpa.

—¿Está pasando por algún momento de estrés? —continuó el doctor.

—Todos lo estamos pasando, pero creo que a ella le está afectando más que a nadie —respondí, mi voz pesada. El doctor me miró brevemente y luego continuó con su trabajo.

Me acerqué a Rachel. En sus ojos había una mezcla de miedo y algo más, algo que no podía descifrar.
—Ella va a estar bien. Tranquila —le dije, intentando sonar convincente.

—Ella no está bien. ¡Lo sé! —exclamó con desesperación, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
Rachel me miró fijamente y suspiró, la tensión en sus hombros cediendo un poco.

—Sé que no soy yo quien tiene que decirle esto, pero es por su bien —dijo, su voz rota—. Desde que perdió a su bebé por culpa de ese hombre, su salud no es la misma. Sufre de anemia falciforme y los dolores… su anemia es tan fuerte que no puede estar sin comer.

El mundo se detuvo. Mi mente procesó cada palabra, cada fragmento de su dolorosa historia. Estaba a punto de hablar cuando el doctor se levantó de golpe.

—¿Dijo anemia falciforme? —preguntó con una seriedad que me heló la sangre.

—Sí —contestó Rachel, asustada por su reacción.

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