Capitulo 8

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NARRA NICAURY

Pegué la frente a la fría superficie de la ventana, observando cómo la oscuridad se disipaba gradualmente, revelando la tenue iluminación de la superficie terrestre. A lo lejos, las luces parpadeantes del aeropuerto comenzaban a definirse como una promesa de llegada, un punto brillante en la inmensidad de la noche. Creo que este es el momento, el punto de inflexión para comenzar esa nueva vida que tanto me aterra como me intriga. Voy a extrañar profundamente a papá y a Starling; sus risas, sus consejos, su simple presencia. Aunque su promesa de visitas regulares alivia un poco la punzada de la despedida. No estaré completamente sola, al menos, tener a Rachel a mi lado es un consuelo inmenso, su lealtad es un faro en esta incertidumbre.

—Por favor, abróchense los cinturones. Aterrizaremos en unos minutos. —Anunció la voz amable de la azafata por los altavoces. Asentí, obedeciendo la instrucción con un ligero temblor en las manos. Después de una espera que se sintió eterna, las ruedas del avión finalmente tocaron la pista, un suave golpe que marcó el fin de un viaje y el inicio de otro. Starling fue el primero en levantarse y bajar del jet, impaciente por pisar tierra firme.

Una vez que todos estuvimos en la pista, el aire fresco de la noche inglesa nos envolvió. Allí, esperándonos bajo la pálida luz de los focos, se encontraban una señora y un señor de mediana edad, calculo que entre cuarenta y cincuenta años. Sus expresiones eran serias, expectantes, y sus figuras se recortaban contra la oscuridad como siluetas desconocidas en el umbral de mi nueva realidad.

—¿Quiénes son ellos? —Susurré a mi hermano, la curiosidad mezclada con una ligera inquietud.

—Ellos son los Reyes de este país, hermanita. Así que, por favor, compórtate. —Respondió Starling con una sonrisa tensa, más una advertencia fraternal que una orden. Le devolví una sonrisa que esperaba pareciera educada. Nos acercamos al grupo, y mi hermano tomó la iniciativa.

—Buenas tardes. —Dijo Starling con una inclinación de cabeza.

—Príncipe Starling, bienvenidos a nuestras tierras.—Respondió el hombre, su voz grave y con un ligero acento que aún no podía identificar. Su presencia era imponente.

—Gracias, Rey Aarón. Permítame presentarles a mi hermana, Nicaury Elizabeth, y a su dama de compañía, Rachel. —Dijo Starling, señalándonos con un gesto cortés.

—Un placer conocerla, Princesa. Señora. —Dijo el Rey Aarón, tomando mi mano y la de Rachel sucesivamente, depositando un suave y formal beso en el dorso de cada una. Su mirada era intensa, evaluadora.

—El placer es mío, Su Majestad.—Dije, realizando una pequeña reverencia, imitada de inmediato por Rachel.

—Ella es mi esposa, la Reina Anne. —Continuó el Rey Aarón, girándose hacia la mujer a su lado. Al mirarla, sentí una punzada de incomodidad. Sus ojos me escrutaban de arriba abajo, con una intensidad que rayaba en la desconfianza, como si estuviera analizando cada uno de mis movimientos, cada fibra de mi ser. Definitivamente, presiento que nuestra relación no será precisamente un camino de rosas.

—Mucho gusto, Su Majestad. —Dije, ofreciéndole una sonrisa que se sentía forzada y fría.

—Nuestro hijo, el Príncipe... no ha podido estar aquí para recibirlos. Ha surgido un asunto urgente que requería su atención. —Explicó el Rey Aarón, con un tono que no terminaba de convencerme.

—No se preocupe, Su Majestad. Entendemos perfectamente. —Respondió Starling con diplomacia.

—Bien, entonces, vamos.—Dijo el Rey, comenzando a caminar hacia una fila de elegantes automóviles negros estacionados a unos quince segundos de distancia. Mi hermano, Rachel y yo seguimos al Rey y a la Reina, quienes se subieron a un coche separado. El nuestro se puso en marcha, deslizándose suavemente por los terrenos del aeropuerto en dirección al castillo.

Apoyé la cabeza en el hombro de Starling, sintiendo el cansancio del viaje y la tensión del primer encuentro acumulándose. Cerré los ojos, buscando un breve respiro en la familiaridad de su cercanía.

—¿Estás bien, Nicaury? —Preguntó mi hermano, la preocupación palpable en su voz.

—Solo estoy cansada. —Murmuré, la pesadez del viaje y la tensión del encuentro real comenzando a pasar factura. Mis párpados se sentían como si tuvieran plomo, y un ligero dolor de cabeza comenzaba a punzar detrás de mis ojos.

—Descansa, hermanita. Te despertaré cuando lleguemos al castillo. El viaje aún es un poco largo. —Respondió Starling, su voz suave y comprensiva. Sentí su mano acariciar mi cabello brevemente. Asentí, agradecida por su consideración. Sin más resistencia, me dejé hundir en el suave cuero del asiento, cerrando los ojos y permitiendo que el suave movimiento del coche me arrullara hacia el sueño. El cansancio era demasiado abrumador para luchar contra él.

       ...

—¡Nicaury, hermana desierta! —Exclamó mi hermano. Abrí los ojos y, en un parpadeo, ya estábamos frente al castillo. Era un lugar impresionante, con un aire familiar, casi idéntico al sitio donde nací. Había una belleza atemporal en sus muros, una fusión perfecta entre lo antiguo y lo moderno.

Bajé del auto, mi mirada fija en la majestuosa edificación. Era, sin duda, un lugar de ensueño. Mi hermano sonrió al verme embelesada.

—Nos esperan dentro. —Dijo, y asentí. Tomé mi bolso, y juntos nos dirigimos hacia la imponente entrada del castillo, con Rachel siguiéndonos de cerca.

—Príncipe, los esperan en el salón.—Anunció un hombre, haciendo una reverencia. Luego, nos guio con solemnidad por los pasillos hasta llegar al gran salón.

—Gracias.—Respondió mi hermano, y el hombre se retiró.

—Imagino que deben estar exhaustos. Mario los guiará a sus aposentos. Se les avisará a la hora de la cena; ahí, princesa, conocerá a mi hijo.—Dijo la reina con un tono de voz que denotaba cierta arrogancia.

—Gracias, majestad.—Respondimos al unísono. El señor nos acompañó a cada uno a nuestra habitación. No dudé ni un segundo en desplomarme sobre la cama. El viaje había sido largo y agotador, y lo único que anhelaba era dormir. Cerré los ojos, dejándome arrastrar de nuevo por el dulce y reparador sueño.

Horas más tarde, desperté. El reloj marcaba las 6:15 de la tarde. Me levanté de la cama y encontré a Rachel organizando mi ropa.

—Princesa, ya iba a despertarla. Es hora de bajar a cenar. Tome una ducha mientras busco su atuendo —Dijo.

—No, Rachel, ve a descansar. Yo me encargo de esto. —Le dije, acercándome para depositar un pequeño beso en su frente.

—Princesa... —Intentó objetar, pero mi mirada firme la detuvo.

—Rachel, obedece. Sé que no has descansado nada por estar pendiente de mí. Ve a descansar y come algo.—Insistí. Ella asintió, regalándome una sonrisa.

—Te quiero, pequeña.—Dijo, y le devolví la sonrisa.

—Yo también.—Dije. Ella salió de la habitación y me dirigí al baño. Una vez allí, me dediqué a ducharme. Al salir, tomé unos shorts de jean azul oscuro, una blusa gris de tirantes y unos zapatos de tacón negros. Dejé mi cabello suelto y, ya lista, miré por última vez mi reflejo en el espejo antes de salir de la habitación.

—Princesa. —Dijo el mismo hombre que nos había guiado a la habitación.

—Dígame —Respondí.

—Vengo a avisarle que la cena está lista.—Dijo él, y yo asentí.

—Gracias, por favor, guíeme, es que no conozco el camino... —No me dejó terminar.

—Claro, venga, sígame. —Dijo él, y comencé a caminar detrás de él. Bajamos las escaleras y, al llegar al comedor, le agradecí.

Fijé mi mirada en las personas que se encontraban allí: mi hermano, el rey y la reina, y un chico que aparentaba unos 26 años... ¡Era lindo y atractivo!

—Buenas noche.—Dije.

—Princesa Nicaury, qué bueno que ya está aquí. Le presento a mi hijo Josué Windsor.—Dijo el rey Aarón. Miré al chico, quien solo sonrió."

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