Capitulo 21

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Narra Nicaury.

En este momento, estamos volando hacia España. Voy sentada junto a la ventana, y Josué está a mi lado, ambos en su avión privado. Esta mañana, intenté llamar a mi padre para averiguar la razón de la urgencia de mi viaje, pero no me quiso decir nada. Solo se limitó a repetir que me esperaba, y su voz no sonaba preocupada, sino todo lo contrario: se escuchaba muy feliz. Tan feliz que me hizo sentir aún más ansiosa.

—¿Estás bien, Nicaury? —me preguntó Josué, notando mi inquietud.

—Sí, solo quiero llegar y saber qué está pasando —dije, honestamente.

Volví a sumergirme en mis pensamientos, tratando de descifrar la razón de esta misteriosa llamada. Mi padre no es de los que ocultan las cosas, y su felicidad me hacía pensar en un millón de escenarios posibles, buenos y malos, que no lograba entender. El sonido del motor del avión era un recordatorio constante de que, en pocas horas, lo descubriría todo.

Recuerdos...

La escena está grabada en mi mente, tan vívida como si fuera ayer. Corría por los pasillos, las carcajadas de mi padre resonando detrás de mí.

—¡Mamá, mamá! ¡Escóndeme de papá, me quiere comer! —grité, buscando refugio detrás de mi madre.

Mi padre entró en la habitación, su voz se llenó de un tono juguetón y fingido.

—¿Dónde está esa pequeña traviesa? —preguntó.

—No sé, no la he visto pasar —dijo mi madre, cómplice en el juego.

—¡Oh, qué pena! —escuché a mi padre. Me asomé un poco para espiarlo—. Yo solo quería compartir con ella un pastel de tres leches.

—¡Pastel! —exclamé, saliendo de mi escondite sin pensarlo dos veces.
Mi padre me miró y sonrió. Corrió hacia mí, me cargó en sus brazos y me llenó de cosquillas, mientras el mundo se llenaba de risas.

Fin del recuerdo...

Extraño esos momentos. Extraño a mi padre. Desde que mi madre murió, él se ha vuelto otra persona. Duele, duele mucho. Siento un dolor profundo en el pecho, una punzada que me recuerda lo que era mi familia años atrás. Un nudo en la garganta se formó y las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas sin que me diera cuenta.

—Nicaury, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras? —preguntó Josué.

Al escucharlo, me di cuenta de lo vulnerable que me veía. Me apresuré a limpiar las lágrimas.

—No es nada. Solo pensaba en lo mucho que extraño a mi madre y en lo mucho que mi padre ha cambiado —dije, sintiéndome expuesta.
Él me miró con una empatía que me desarmó.

—Lo siento mucho —dijo, su voz suave—. Sé lo que se siente perder a alguien querido. No es fácil. Cuando perdí a mis abuelos me dolió mucho. Ellos eran como unos padres para mí. Especialmente mi abuela. Ella hizo la labor que mi madre no hizo. Mi abuela fue mi madre.

—Oh, lo siento, no sabía eso —dije, sintiendo que nuestra conexión se hacía más profunda.

—Tranquila, no te entristezcas por eso —dijo, pero en ese momento un dolor agudo en mi abdomen me cortó la respiración.

—¡Ay! —el aire escapó de mis pulmones.

—¿Nicaury? ¿Qué pasa? —preguntó, el pánico en su voz.

—No es nada, solo un cólico —dije, intentando tranquilizarlo. —Estoy bien.

—Nicaury, mírame. Dime la verdad —insistió.

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