Narra Nicaury
— Vamos a comer, ¿qué les apetece? — preguntó Josué, con una sonrisa. Dereck y yo nos miramos, una chispa de complicidad brilló en nuestros ojos.
—¡PIZZA! — Exclamamos, o más bien, gritamos a todo pulmón, con la euforia de dos niños.
La pizzería bullía de vida, y el calor de las risas y las charlas era casi tan reconfortante como el de la comida. Josué, siempre el primero en proponer el siguiente plan, se recostó en su silla.
—Estuvo bien la pizza y después iremos por un helado —dijo, y su voz sonaba tan segura que la idea del postre se volvió una certeza, un pequeño ancla al final del día. Todos asentimos, aceptando con gusto la sugerencia.
Horas después, la magia del día se disolvió lentamente en la formalidad de la noche. El regreso al castillo fue silencioso, un contraste absoluto con la pizzería. Me encontré de vuelta en mi habitación, con las bolsas de las compras a mis pies. Abrí las puertas de mi clóset y, con cada prenda que guardaba y cada objeto que ponía en su sitio, sentía que no solo organizaba cosas, sino que también ordenaba mis propios pensamientos, las vivencias del día, acomodando en la quietud de la noche lo vivido y disfrutado.
...
El sonido suave de la puerta se abrió y la voz cálida de Rachel llenó el silencio de la habitación, trayendo consigo un alivio instantáneo.
—Mi niña, ¡ya llegaste! —dijo, y la vi entrar con una sonrisa maternal.
—Hola, Rachel —respondí, mi voz sonando un poco más cansada de lo que pretendía.
Ella tomó asiento en uno de los pequeños sillones, invitándome a hablar con su mirada.
—¿Cómo te fue? —preguntó, y el sillón se hundió un poco con su peso.
—Bien, nos divertimos mucho... El pequeño Dereck estaba muy feliz, es tan lindo ver a un niño compartir con su padre... Pero... —hice una pausa, la sonrisa se borró de mi rostro y un nudo se formó en mi garganta.
Rachel no dijo nada, solo me miró con paciencia y preocupación. Dejé de acomodar lo que tenía en las manos, sintiendo la necesidad de su cercanía. Me acerqué a ella y me senté a su lado, sintiendo la suavidad del cojín.
—Yo... Escuché algunos comentarios que decían algunas personas hacia mí. Ninguno fue positivo, y eso duele, Rachel —confesé, y en cuanto pronuncié la última palabra, me eché en sus brazos, buscando refugio en su abrazo.
Sentí sus brazos rodearme con ternura, un calor reconfortante que me hizo cerrar los ojos.
—Pequeña, esas personas no te conocen. Yo sí, tu hermano, tu padre... El pequeño Dereck —dijo, su voz suave y firme—. Créeme que nosotros te amamos, y eres la persona más importante para nosotros. No le hagas caso a esos comentarios, no dejes que el eco de sus palabras apague la luz que eres.
Apoyé mi cabeza en su hombro, inhalando su familiar aroma. No necesitaba más palabras. Con su abrazo, me sentí protegida, y en sus palabras, encontré la calma que tanto necesitaba.
—Gracias, Rachel. Te amo, eres como una segunda madre para mí —dije, y el pequeño beso que deposité en su mejilla fue un gesto de puro cariño.
—¿Comiste, mi niña? Sabes que no puedes estar sin comer —preguntó, y sentí su mano acariciar mi cabello, una acción que siempre me daba paz.
—Sí, comí bien —aseguré, aferrándome a su calidez por un segundo más.
—Bueno —suspiró, y justo cuando se puso de pie, una voz se escuchó desde el marco de la puerta.
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Acepto
Roman d'amourUn simple - Acepto.- Pronunciado con convicción o quizás con una mezcla de nerviosismo y esperanza, tiene el poder trascendental de redefinir el curso de una vida por completo, abriendo las puertas a un futuro antes inimaginable.
