33. Gran final

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Narra Nicaury

​— ¡Mamá, mamá! —Escucho el grito de pánico mezclado con frustración.Volteo y veo una cabellera rizada volar hacia mí. Es mi pequeña hija. Sí, tuvimos una bebé: se llama Chloe. Es mi copia exacta, una belleza idéntica a mí. No es por ser egocéntrica, pero tiene mi cara. Aunque su actitud es pura Josué: tranquila, serena y muy reflexiva para su edad.
​La amo. Ella y Dereck son, sin duda, la luz de mis ojos.

​— ¿Qué pasa, amor? —pregunto, agachándome para recibirla.

​— ¡Dereck se enojó conmigo porque yo estaba jugando con un niño! —dice, y su frente está levemente fruncida. Esa es su señal de molestia o preocupación, otro gesto que heredó de su padre.

​— ¿Qué hiciste, señorita? —La voz de Josué resuena al entrar a la casa, y mi hombrecito, Dereck, viene justo a su lado. Dereck ya tiene siete años y es sorprendentemente maduro.

​— Solo jugábamos, papi —se defiende Chloe. Josué acababa de llegar de recogerlos de la escuela.
​Dereck se dirige directo a su habitación sin decir palabra. Yo miro a mi pequeña, cuyos ojos ya están cristalizados; está a punto de llorar. Suspiro.

​— Yo iré a hablar con él —le digo a Josué, dándole un beso rápido.
​Subo a la segunda planta. Al llegar a la habitación de Dereck, lo encuentro sentado en la cama, con los brazos cruzados. Toco suavemente la puerta.

​— ¿Se puede? —pregunto. Él asiente con la cabeza.

​— ¿Qué sucede, mamá? —pregunta, con un tono que intenta ser adulto, pero que solo esconde su frustración.

​— Eso te lo pregunto a ti, señorito. Tu hermanita está triste —le digo. Él suspira profundamente.

​— Solo no quiero que otro chico juegue con ella —confiesa, su voz de niño rompiéndose un poco—. Yo soy su hermanito. Ella debe jugar conmigo.

​Me siento a su lado y lo abrazo. — Amor, tu hermanita siempre va a estar contigo. Chloe te adora. Ella solo está conociendo a otras personas, pero nadie va a reemplazar su amor por ti. Siempre serás su hermano mayor, su primer héroe.—

Justo en ese momento, la puerta se abre. Chloe entra corriendo.

​— ¡Yo siempre te voy a querer, Dereck! —exclama, lanzándose a abrazar a su hermano.

​El rostro de Dereck se suaviza al instante. — Te quiero mucho, pequeña —responde él, devolviéndole el abrazo.

​Los miro a los dos, y mi corazón se hincha. Este es mi mundo: caótico, lleno de pequeños dramas, pero completamente perfecto.


Sonreí, di un pequeño beso en la frente a mis hijos, y salí de la habitación, sintiendo el corazón cálido por su reconciliación. El siguiente paso era ver a mi rey.
Me dirigí al despacho de Josué. Hace un año que fuimos presentados como reyes, y aunque el trabajo es agotador, he aprendido a sobrellevarlo. Entré. Josué estaba leyendo unos papeles, concentrado.

— Hola, amor —dije, acercándome con un paso más lento y juguetón.
Él dejó los documentos a un lado de inmediato y se levantó. Su mirada se encendió cuando me tuvo cerca. Me tomó por la cintura, acercándome a su cuerpo.

— ¿Ya están bien mis dos pequeños revoltosos? —preguntó, con un tono suave.

— Sí, drama resuelto —respondí, deslizando mis manos por su pecho

—. ¿Estás agotado, majestad?

— Agotado es poco. Hoy ha sido un día de locos —confesó, besando mi cuello con una ternura que me hizo suspirar. Sentí el escalofrío—. ¿Qué tal si nos escapamos? Dejamos a los niños con su abuelo Aarón. Necesito un poco de la tranquilidad que solo tú me das.

La propuesta era deliciosa. — ¡Me parece una excelente idea! Necesito un poco de la Reina Nicaury para mí misma. ¿A dónde iremos? —pregunté, elevando una ceja.

— A la casa de campo. Lleva ropa para que podamos quedarnos hasta mañana —dijo, con un brillo cómplice y muy sugerente en sus ojos. Asentí.

— Muy bien, amor. Vete a preparar.
Te amo —me dijo, su voz ronca.
Me incliné y le di un beso breve.


Horas después.

La casa de campo estaba envuelta en la oscuridad, rota solo por la luz de la chimenea. Estaba de espaldas, observando las llamas, cuando sentí el calor de Josué detrás de mí.

— Te ves muy hermosa esta noche —susurró, y sus brazos se envolvieron posesivamente alrededor de mi cintura.

— Gracias. Tú no estás nada mal —dije, sintiendo su risa profunda contra mi hombro.

Me giré para quedar frente a él, y nuestras miradas se encontraron, encendidas por el deseo.

— Gracias por esta noche, amor —susurré, la voz baja y llena de aprecio.

Él no respondió con palabras. Se acercó y me besó.

Mis dedos se enterraron en su cabello con fuerza, tirando ligeramente de él hasta que un gruñido gutural escapó de su garganta. Nuestros labios se tocaron una y otra vez, y nuestras lenguas se enredaron en un ritual de fuego. Parecía que competíamos por ver quién era más rápido, más profundo, más placentero.

Un gemido escapó de mí, y nos separamos solo lo suficiente para recuperar el aliento. No me resistí cuando sentí la mano de Josué deslizarse bajo mi camisa, su piel caliente contra la mía. No tardamos más que unos instantes en volver a unir nuestras bocas. Esta vez, fue un beso lento y profundo que nos dejó a ambos temblando.

— Josué... Josué, necesito... —apenas pude articular, mi cuerpo pidiendo a gritos.

— ¿Qué necesitas, amor? —Su aliento chocó contra mi oído, enviando una descarga eléctrica por mi espalda.

— A... aa... a ti —logré decir, mi voz casi quebrándose.

Vi su sonrisa intensa. — Ven, amor —me guio con firmeza hasta la habitación.

Al llegar, me colocó lentamente sobre la cama, como si yo fuera la pieza más valiosa de una exposición de arte. Se posicionó sobre mí, con cuidado de no aplastarme.

— Eres mía, pequeña. Cada detalle de tu cuerpo me pertenece —dijo, mientras sus manos y sus labios comenzaban a recorrer mi piel.

— Sí, te pertenezco. Te amo, Josué —dije entre jadeos. La noche apenas comenzaba.


...

Después de ese maravilloso momento que nos dejó sin aliento, nos encontramos los dos abrazados, piel contra piel, acostados en la cama. El único sonido era el crepitar suave de la chimenea y el ritmo sincronizado de nuestras respiraciones. Josué me tenía firmemente pegada a su costado, su brazo bajo mi cabeza, mientras sus dedos acariciaban suavemente mi cabello.

— Gracias por permitirme formar parte de tu vida —susurró él, su voz grave resonando contra mi oído.

— Gracias a ti por aceptarme tal y como soy —respondí, levantando mi cabeza para buscar su mirada. No solo me había aceptado con mi pasado y mis cicatrices, sino que me había amado por ellas.

— Te amo —declaró, con una intensidad que traspasaba la palabra
—. Te amo mucho, mi amor.

— Yo también te amo —dije, y nuestros labios se unieron en una dulce y lenta danza. No era la urgencia de antes, sino una profunda promesa.

El beso se prolongó, tierno y lleno de futuro. Nos separamos con una sonrisa. Josué me atrajo de nuevo a su pecho, y me sentí la mujer más afortunada del mundo.

— Siempre seremos tú y yo —dijo él, depositando un beso en mi frente.
A la mañana siguiente, regresamos al castillo, listos para enfrentar los desafíos de la realeza, el caos de la vida familiar, y la inevitable presencia de la Reina Anne. Pero ahora, con un amor sellado y fortalecido por las pruebas, sabíamos que podíamos con todo.

Al entrar en la sala principal, Dereck y Chloe corrieron a nuestro encuentro, sus risas llenando el espacio. Josué y yo nos miramos. Este era nuestro final feliz. Un final que en realidad era el hermoso y vibrante comienzo de una vida juntos, un reino construido sobre el amor.

Fin. ❤️

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