Capitulo 26

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Narra Nicaury

Desperté a la mañana siguiente sintiéndome un poco mejor. Los mareos seguían ahí, pero la pesadez que me había oprimido el cuerpo el día anterior había disminuido. Al girarme, vi a Josué durmiendo a mi lado, su respiración tranquila. Anoche, le rogué que se quedara. No solo por mi miedo, sino porque él se veía tan frágil. La angustia por el pequeño Dereck lo estaba destrozando.

Todos lo estábamos. Yo misma sentía una preocupación que me oprimía el pecho. Extraño sus risas, su energía, la forma en que se aferraba a mi falda. Pido a Dios que lo cuide. Le he tomado un cariño inmenso a ese niño, un amor que siento como si fuera mi propio hijo.

—Eres hermosa, aún acabando de despertar —escuché su voz, grave y suave.

Me giré y lo vi. Josué me observaba con una sonrisa en el rostro.
—Hola —susurré, sintiendo mis mejillas enrojecer.

—Hola, mi amor —respondió, su sonrisa se hizo más grande.

—¿A qué hora te dormiste? —pregunté, observando el reloj en la mesita de noche.

—Hace un par de horas —contestó, su voz un poco ronca—. Bajé a ver si había noticias de mi hijo, pero aún nada. No pude evitar volver y me quedé dormido.

Me senté en la cama, mirándolo a los ojos. El cansancio era visible en su rostro, pero el amor en su mirada me hizo sentir que, a pesar de todo, estábamos juntos.

—Voy a ducharme, regreso en un momento —dijo, poniéndose de pie. Me miró una última vez, y salió de la habitación.

Aproveché para darme una ducha rápida. Me puse una camiseta de manga larga y un short. Como hacía un poco de frío, me coloqué una chaqueta. Me sentía renovada, con una nueva esperanza de que, de alguna forma, todo saldría bien.

—¡Ya estoy de regreso! —la voz de Josué resonó en la habitación, sacándome de mis pensamientos. Lo miré y él me devolvió una sonrisa tranquilizadora.

De repente, la habitación comenzó a dar vueltas. Una oleada de debilidad me invadió, como si la energía que había recuperado de la mañana se desvaneciera por completo. Vi cómo la sonrisa de Josué se borraba, su rostro se tensaba con la misma preocupación que había visto la noche anterior. Se acercó a mí en un par de zancadas.

—¿Estás bien? Ven, siéntate —ordenó, su voz firme, pero con un toque de pánico. Me ayudó a sentarme en la cama.

—Tranquilo, solo fue un mareo —dije, tratando de restarle importancia. Solté una pequeña risa nerviosa.

—No es gracioso —me regañó, su mirada clavada en la mía.

—Estoy bien, de verdad. Ya se me pasó —insistí, haciendo un puchero.

—¿Estás segura? —preguntó. Asentí con la cabeza. Su mirada era un escáner, como si pudiera ver a través de mí, pero finalmente se relajó.

—Bien, bajemos para que comas algo —ordenó.

Me puse las pantuflas y bajamos. El aire de la sala de estar era denso, lleno de la presencia de policías y guardias. Su simple presencia me hacía sentir vulnerable e incómoda. Josué pareció leer mi mente y me hizo una seña para que caminara hacia el comedor.

Me senté en una de las sillas, mientras Josué se acercaba a uno de los empleados. La conversación fue breve. Más que una charla, parecía una orden. El joven asintió y se marchó con rapidez. Josué regresó a la mesa y se sentó frente a mí, su mirada fija, observando cada uno de mis movimientos.

Unos minutos después, el joven regresó con una bandeja. Sirvió una taza de café para Josué y para mí un plato con frutas, yogur y un vaso de jugo de naranja. No dudé en empezar a comer. A la verdad, tenía un hambre voraz.

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