Narra Nicaury.
-—Me pidió que lo llevara al parque, pero yo no podía, así que le pedí a la dama de compañía de la princesa Nicaury que lo acompañara junto a algunos guardias… Después de unas horas, ella llamó. Dijo que se habían llevado al niño. Uno de los guardias murió a causa de un disparo —explicó el rey. Su voz era grave, pesada con la culpa.
—¿Rachel… está bien? —pregunté, sintiendo un escalofrío. La idea de que ella, mi amiga, hubiera estado en peligro me helaba la sangre.
—Sí, solo está asustada —respondió el rey, y un suspiro de alivio se escapó de mis labios.
—¡Esto es su culpa! ¡Si ella hubiera cuidado bien de mi nieto, él estaría aquí! —la voz de la reina Anne, Maléfica, resonó en la sala como un trueno. Su dedo acusador apuntó directamente hacia mí.
—Rachel…—empecé a defenderme, pero Josué me interrumpió con un rugido de furia.
—¡Aquí nadie tiene la culpa! ¡No seas impertinente, madre! —gritó Josué, su mirada ardiente. El aire se cargó de una tensión tan espesa que casi podías tocarla.
—Hijo, yo solo… —la madre intentó hablar, pero el silencio que se instaló en la habitación era más fuerte que su voz.
—Nada más —la interrumpió él, con un tono frío y una furia apenas contenida. Se levantó con una lentitud deliberada, cada movimiento cargado de resentimiento. Su mirada se clavó en la de ella, sin una pizca de la calidez que alguna vez compartieron. —Solo quiero que mi hijo esté de regreso en casa. No quiero más comentarios innecesarios, no quiero más reproches disfrazados de preocupación. Con permiso.—
Con esas palabras, se dio la vuelta y se marchó, dejando tras de sí un vacío palpable. El portazo que resonó en la casa fue el eco de la distancia insuperable entre ellos.
—Me retiró —dije para sí misma, con un nudo en la garganta. La tensión en la sala era asfixiante. Sabía que no podía quedarme allí ni un segundo más. Con el corazón en un puño, comenze a caminar por el pasillo. Necesitaba ver a Rachel, saber que ella estaba bien. El dolor que había presenciado me había dejado con un miedo profundo, y lo único que quería era consolar Rachel
La noche cayó, y el silencio en el castillo era ensordecedor. El pequeño Derek no aparecía. La desesperación se apoderaba de mí, y no sabía qué hacer. Josué, desde que su madre murió, se había encerrado en su despacho y no había salido. Me preocupaba mucho por él.
—¿Josué no ha salido del despacho? —le pregunté al rey Aarón.
—No. No quiere ver a nadie —dijo el rey, y el cansancio en su rostro me partió el alma.
—¿Qué le ha dicho? —pregunté.
—Solo ha dicho que es su culpa. Y que Derek está perdido por su culpa. Creo que está bebiendo. Nicaury, déjalo solo —dijo el rey.
—No puedo. No puedo dejarlo solo. Necesito estar con él —dije, y me dirigí hacia el despacho.
La puerta estaba cerrada. Toqué. La desesperación se apoderaba de mí. Solo quería estar con él, y que él estuviera bien.
—¡No quiero ver a nadie! —gritó desde adentro.
—Abre la puerta ahora o te juro que no volveré a hablar contigo —dije. El cerrojo hizo clic, y entré
El despacho era un desastre, y Josué estaba sentado en el suelo, con una botella de whisky en la mano.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Quería ver cómo estabas, pero veo que estás muy bien—dije, con sarcasmo.
—¿Bien? ¿De qué hablas? ¿No ves que mi hijo está desaparecido? ¡Y tú dices que me lo estoy pasando bien! ¡Qué mierda te pasa! —gritó, tratando de levantarse, pero cayó de nuevo.
—¿Qué me pasa? ¡Pienso que eres un maldito idiota! En vez de estar aquí lamentándote, debes de estar buscando a Derek. Él te necesita.
Él se negó a mirarme.
—Tú decides: o sales de aquí y lo salvas, o lo dejas morir —dije, y mi voz se quebró.
—Yo... lo siento, Nicaury. Tengo miedo. Miedo de perderlo. Lo amo —dijo.
—Lo sé. Pero quedándote aquí no vas a resolver nada —dije.
—Gracias, Nicaury —dijo, y me abrazó. Un guardia interrumpió el momento.
— ¡Majestad! ¡Señor, debe ir al salón! ¡Los que secuestraron al príncipe Derek están en la línea y quieren hablar con usted! —gritó el guardia, irrumpiendo en el despacho.
Josué salió deprisa, y yo lo seguí, sintiendo que mi corazón se me salía del pecho. Al llegar, lo vi con el teléfono en la mano, su rostro una máscara de furia y desesperación. Me acerqué al rey Aarón, y él me miró con unos ojos que reflejaban el terror.
—¡Aló! ¡Aló, por favor! ¡Malditos! —gritó Josué, lanzando el teléfono contra la pared. El sonido del impacto fue como una puñalada. Me asusté, y me escondí detrás del rey Aarón, el recuerdo de mi ex novio me vino a la mente. El mismo grito, la misma furia, la misma violencia que me hizo perder a mi bebé.
Josué miró en mi dirección por un momento, sus ojos llenos de odio. Luego, su mirada se perdió en la nada.
—Hijo, por favor, cálmate. Estás asustando a Nicaury y a todos —dijo el rey Aarón, y su voz estaba llena de súplica.
Josué volvió a mirarme. Sus ojos, que antes estaban llenos de odio, ahora se relajaban.
—Nicaury… —dijo, pero no lo dejé terminar.
—No, está bien. No te preocupes. Con su permiso, me retiro —dije, sintiendo que no había nada que hacer, solo alejarme.
Narra Josué.
—La asustaste. Pobre chica, estaba temblando del miedo —dijo mi padre, con un tono de voz que no me gustó.
—Lo lamento —susurré. El arrepentimiento me invadió, pero la rabia que sentía era más fuerte.
—¿Qué te dijeron esos hombres para que te pusieras de ese modo? —inquirió mi padre, acercándose a mí.
—Nada. No me dejaron hablar con mi hijo. Solo me dijeron que volverían a llamar. Lo escuchaba llorar, papá. Eso me llena de impotencia —dije, sintiendo cómo la frustración y el dolor me desgarraban.
Mi padre me miró con una compasión que no quería. Me preocupaba que Nicaury, con quien por fin comenzaba a interactuar de verdad, pensara que era un monstruo. La mirada de miedo en sus ojos me atormentaba.
Horas después, cuando la oscuridad ya lo cubría todo, nos sentamos en la sala. El silencio era pesado. De repente, vi a Rachel, la dama de compañía de Nicaury, llegar corriendo. Su rostro estaba pálido, y su respiración agitada.
—¿Qué pasa, Rachel? —le pregunté, sintiendo un escalofrío.
—Ni… ni… Nicaury. Señor, ella no está bien —dijo, luchando por respirar—. La encontré desmayada.—
Mi corazón se detuvo. Mi mente se fue hace unos días atrás, a ese momento en España, cuando Nicaury se sintió mal. Mi cuerpo se puso en alerta.
—¿Qué le pasó? ¡Dime qué le pasó! —grité, levantándome del sofá.
—Señor… yo… ella… —dijo Rachel, sin poder decir nada más.
—¡Cálmate, Rachel! ¡Habla! —gritó mi padre, con la misma desesperación que yo sentía.
—Señor… no lo sé. Simplemente la encontré así, desmayada —dijo, y mi mundo se vino abajo.
ESTÁS LEYENDO
Acepto
RomanceUn simple - Acepto.- Pronunciado con convicción o quizás con una mezcla de nerviosismo y esperanza, tiene el poder trascendental de redefinir el curso de una vida por completo, abriendo las puertas a un futuro antes inimaginable.
