Capitulo 20

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Narra Nicaury

El día siguiente llegó con una sensación agridulce. Hace un momento, terminó la rueda de prensa que Josué había organizado. El periodista se veía miserable, pidiendo perdón públicamente por sus mentiras. Me sentí un poco mal por él, pero no pude evitar una punzada de satisfacción. Lo que me tomó por sorpresa fue cuando Josué me presentó como su "novia y prometida" ante todo el mundo. Sentí un vuelco en el estómago. No era por la vergüenza, sino porque, por alguna razón, me sentí especial. La palabra "novia" se grabó en mi mente, y una sonrisa boba se dibujó en mis labios.

​—¿En qué piensas? —preguntó Josué, interrumpiendo mis pensamientos.

​—En nada —mentí, aunque en el fondo no era del todo falso—. Extraño a mi padre y a mi hermano.

​—Oh, ya. Bueno, ¿qué tal si te llevo a un lugar para que te distraigas? —sugirio.

​—¿A dónde vamos? —pregunté, con la curiosidad despertándose.

​—Es una sorpresa —respondió, y por el brillo en sus ojos, supe que no era una sorpresa cualquiera.

...

—Ya, Josué, es la décima vez que te pregunto... ¿a dónde vamos? —me quejé, con una risa nerviosa.

—Ya llegamos, Nicaury —dijo él, señalando con un dedo hacia mi ventana.

Era un lugar hermoso. Desde el auto, podía ver la silueta de las torres del castillo a la distancia, enmarcada por un bosque que parecía sacado de una película de vampiros.

—Dejemos el auto aquí, tenemos que caminar —dijo Josué, abriendo la puerta.

Asentí y salí. Él se dirigió al baúl, sacó una cesta de pícnic y me ofreció una sonrisa. Caminamos juntos. El lugar era, definitivamente, extraño y hermoso a la vez. Nos detuvimos bajo un árbol enorme.

Josué sacó una manta de la cesta y la extendió con cuidado sobre el pasto.

—Bueno, señorita, su trono la espera —dijo, con un tono juguetón.
Caminé hacia la manta, sintiendo su mirada en mí. Con su ayuda, me senté.

—¡Este lugar es hermoso! —exclamé, sintiéndome como una princesa de cuento.

—Es mi segundo lugar favorito de todo el país —dijo, mirándome con una sonrisa.

—¿Y cuál es el primero? —pregunté, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

—Un secreto que te contaré después —respondió, con un guiño.

—Ahora es mi lugar favorito —dije, sintiendo que cada palabra era verdad. Él me miró con una sonrisa, sus ojos fijos en los míos. Me ruboricé, incapaz de sostener su mirada. —¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —pregunté, rompiendo la tensión.

—Me encanta tu sonrisa —dijo, su voz baja y sincera.

—Gracias —susurré, sintiendo un calor familiar en mis mejillas. Sus comentarios me desarmaban por completo.

Un silencio cómodo se instaló entre nosotros, y luego él habló, con un nerviosismo que me sorprendió.

—¿Tienes hambre? —preguntó, cambiando de tema.

—¿Qué hay para comer, señor chef? —dije, riéndome.

Él sonrió, aliviado. —Bueno, me tomé el atrevimiento de preparar papas salteadas con pollo asado. También traje refrescos y una botella de vino, si te apetece. Y para el postre... algo especial, preparado por mí.

Sacó un pastel de la canasta. —Mi dulce favorito: un pastel de tres leches.

—¡Pastel de tres leches! Es mi favorito —exclamé, sintiendo un nudo en la garganta—. Mi madre siempre lo preparaba para mí.
Bajé la mirada, sintiendo una punzada de dolor. Extrañaba mucho a mi madre.

—¿De qué murió tu madre? —preguntó Josué, y su voz era un susurro que no pude ignorar.

—Cáncer en la sangre. Ya estaba muy avanzado. No se podía hacer nada —dije, y las lágrimas se deslizaron por mis mejillas. La herida, aunque vieja, aún dolía.
Josué se inclinó y me entregó un pañuelo.

—Perdóname, no quería hacerte llorar —dijo, su voz llena de remordimiento.

—Gracias. No te preocupes, siempre lloro cuando hablo de ella —dije—. Pero ya. ¡Ese pastel no se va a comer solo! —exclamé, tratando de aligerar el ambiente. Josué soltó una carcajada, y la tensión se rompió.

La tarde transcurrió de manera perfecta. Me sentí completamente a gusto con Josué; es tan amable y divertido. Y el pastel... cada bocado me hizo recordar los momentos felices con mi madre.

De regreso al castillo, el viaje fue tranquilo. Bajamos del auto y caminamos juntos hacia la entrada. La noche era fresca, y la compañía, perfecta.

Al entrar el rey y la reina estaba sentados en la sala de estar.

—Padre, madre —dijo Josué, entrando al salón.

—Hijo, qué bien que llegas. Nicaury, tu padre llamó y te espera en España mañana —dijo el rey Aarón.

—¿Ocurrió algo malo? —pregunté, sintiendo que mi corazón se aceleraba.

—No, al contrario. Tu padre sonaba feliz —respondió, aliviándome.

—Si no es molestia, yo te acompaño —dijo Josué, sus palabras eran una oferta que no pude rechazar.

—Gracias —dije, y mis ojos se encontraron con los suyos.

—Será mejor que te vayas a tu habitación —dijo la reina Anne. Su voz era dulce, pero sus ojos estaban llenos de veneno.

—Sí, majestad —dije. Me di la vuelta y empecé a caminar hacia las escaleras.

—Tienes más cosas importantes que hacer que perder el tiempo con esa niña caprichosa —escuché su voz detrás de mí.

Me detuve y me giré para mirarla.
—Madre, Nicaury no es una niña caprichosa —dijo Josué, su voz llena de advertencia.

—Solo estoy diciendo la verdad —dijo la reina, elevando la barbilla.

—Nicaury es mi prometida. Y tú no tienes ningún derecho a hablarle de esa manera —dijo, y su voz era tan fría que un escalofrío me recorrió la espalda.

La reina Anne se quedó sin palabras.

...

Al caer la noche, me encontraba en mi habitación organizando una pequeña maleta. Rachel estaba conmigo, doblando cuidadosamente algunas de mis prendas.

—¿Estás segura de que no quieres que te acompañe? —preguntó por milésima vez, y su preocupación era palpable.

—Sí, Rachel, estaré bien. Solo serán unos días. Además, Derek se va a quedar aquí y no quiero que "Maléfica" lo moleste mientras yo no esté. Gracias a Dios, la otra loca ya se fue, así que es una menos de la que preocuparme —dije, cerrando la maleta con una sonrisa.

—Nicaury, debes respetar a tu querida suegra —me regañó ella, aunque no pudo evitar reírse.

—Esa mujer me odia, no sé por qué. Bueno, sí, porque le "robé" a su hijo. Pero, ¡ojo! Yo no obligué a Josué a casarse conmigo; más bien, me obligaron a mí —dije, y Rachel negó con la cabeza, aún sonriendo.

—Mi niña, siempre tan amable con las personas —bromeó ella, con una ternura genuina en su voz.

—Bueno, mi amada Rachel, me iré a dormir. Por cierto, ¿no sabes para qué me llamó mi padre? ¿Qué querrá hablar conmigo? —pregunté, antes de que saliera de la habitación.

—No lo sé, pequeña, pero estoy segura de que no es nada malo. Se escuchaba muy feliz —dijo. Se acercó a mí y me dio un beso en la frente.

—Te quiero mucho, nana. Nos vemos mañana —dije. Ella salió de la habitación, y yo me acosté, tratando de conciliar el sueño mientras mi mente daba vueltas.

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