Capitulo 30

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Narra Nicaury

Me despiertan los suaves rayos del sol que se cuelan por la ventana, inundando la habitación de luz. ¿Habitación? ¿Cómo llegué aquí? Los dulces y perfectos recuerdos de la noche anterior me asaltan, y siento cómo mis mejillas empiezan a arder. Me miro en el espejo frente a la cama: mi rostro está tan rojo como un tomate. Recorro el lugar con la mirada buscando a Josué, pero no hay señales de él. Solo una pequeña maleta que reposa sobre el edredón.
Me levanto y decido darme una ducha. Me acerco a la maleta que Rachel preparó y busco lo necesario. Un rato después, ya estoy limpia y vestida. Me miro una última vez en el espejo; sonrío, me gusta el resultado.

Salgo de la recámara y camino por el pasillo. Escucho ruidos en la cocina y me dirijo hacia allí. Al llegar, Josué está de espaldas, ya vestido, concentrado cocinando. Me acerco a él lentamente y lo abrazo por la cintura.

— Buenos días, amor —le susurro al oído. Lo siento sonreír bajo mi mejilla.

— Hola, hermosa. ¿Cómo dormiste? —pregunta, sin dejar de revolver lo que tiene en la sartén.

— Bien, aunque me hizo falta algo —digo, alejándome un poco.
Josué nota mi distancia, apaga la estufa de inmediato y se gira para mirarme, su expresión teñida de preocupación.

— ¿Qué pasa, hermosa? —indaga.

— Bueno, es que tú no estabas a mi lado cuando desperté —le confieso, clavando mis ojos en los suyos.
Él sonríe, una sonrisa lenta y cautivadora. Se acerca a mí, me toma por la cintura y me pega a su cuerpo.

— ¡Qué malo soy al dejar a mi hermosa dama sola! —dice, inclinándose. —¿Me permite remediar mi tonto error?

Asiento bobamente, completamente perdida en sus hermosos encantos. La calidez de la mañana y la dulzura de su presencia hacían de este el despertar más perfecto de mi vida.

Mes después.

Solo quedan cuatro días para la boda, y el castillo es un manicomio. Todo el mundo está histérico, y yo no soy la excepción. El estrés es palpable. Por otro lado, Josué y yo hemos pasado estos meses fortaleciendo nuestra relación. Hemos tenido innumerables encuentros, citas y escapadas secretas que atesoro. Quiero mucho a Josué; de hecho, estoy segura de que lo amo. Aún no se lo he dicho en voz alta, pero creo que la intensidad de nuestras acciones habla más que mil palabras.

Mi salud no ha estado del todo bien últimamente. Hace poco tuve un desmayo, y creo que la anemia ha aumentado, agravada por el estrés de los preparativos. Mi cuerpo es un desastre en estos días, pero no he querido decirle nada a Josué; no quiero preocuparlo.

Ahora mismo, estoy en la sala reunida con la organizadora de eventos. Josué tuvo que salir muy temprano por asuntos de trabajo y no pudo asistir. Estoy aquí con la Reina Anne (o Maléfica, como me gusta llamarla en mi cabeza). Le pedí a Rachel que me acompañara, porque esta mujer me intimida. Hay algo en ella que me causa una profunda desconfianza; es extraña.

— Bueno, nos vemos el sábado —dijo la decoradora, cerrando su agenda. Asentí con una sonrisa forzada.

— Gracias por su presencia. Nos vemos el sábado —respondí, poniéndome de pie.

La mujer se despidió. Miré a Rachel, que me devolvió una sonrisa tranquilizadora. La Reina Anne me lanzó una mirada fría y se retiró de la sala sin decir una palabra. Yo suspiré, liberando un poco de la tensión acumulada.

Rachel y yo nos dirigimos hacia el jardín. Al llegar, una escena encantadora me detuvo: el Rey Aarón estaba jugando con Dereck. Me acerqué a ellos, y Rachel me siguió de cerca.

No le he contado a nadie que, hace solo unos días, encontré a Rachel y al Rey Aarón besándose. ¡Resulta que han estado saliendo en secreto desde hace un mes! Pero me enteré de una noticia aún mejor: después de mi boda con Josué, el Rey firmará su divorcio con la Reina Anne. Es una noticia maravillosa que me llena de esperanza y alivio.

— Ahí está tu novio —susurré, sonriendo con picardía mientras miraba a Rachel. Ella estaba completamente roja, sonrojada hasta las orejas.

— ¡Ya cállate! La loca de tu suegra te puede escuchar —me siseó, echando una mirada nerviosa hacia las ventanas del castillo.

Así es, la relación entre Rachel y el Rey Aarón es un secreto de estado hasta que se firme el divorcio. Solo Josué y yo lo sabemos, y él apoya totalmente a su padre. Josué sabe muy bien que la relación con su madre nunca mejorará.

Veo a Dereck correr feliz detrás de su balón. Mi pequeño está creciendo tan rápido. Es hermoso, una copia exacta de su padre. Pero este momento maravilloso se rompe de golpe. Siento un fuerte malestar que me golpea sin aviso. Todo empieza a darme vueltas. La sensación es abrumadora: me siento mareada y mi vista se nubla rápidamente.

— Nicaury, ¿estás bien? —La voz de Rachel suena lejana, llena de alarma. Es lo último que logro escuchar antes de que la oscuridad me engulla por completo.

NARRA JOSUÉ

Llego al castillo después de un día agotador. Estoy ansioso por entrar. Extraño a mi hijo y, sobre todo, a mi pequeña hermosa. Estoy irremediablemente enamorado de esta mujer, me trae loco de amor. Nunca imaginé que volvería a amar a alguien, y menos que tendría una segunda oportunidad con la traviesa Nicaury. Doy gracias a mi padre por haber aceptado mi matrimonio con ella. Es una locura, pero así la amo. Y lo más importante: ella ama a mi hijo. Ya deseo tener una familia completa a su lado. La amo.
Aparco y bajo del auto, agradezco al chofer y me dirijo a la entrada. Apenas doy unos pasos, me detengo en seco.

Veo a mi padre, el Rey Aarón, entrando al pasillo principal con Nicaury en sus brazos. La lleva hacia su habitación. Rachel y mi hijo vienen detrás, con el rostro pálido. La escena me golpea como un puñetazo en el estómago. Mi corazón se detiene. Corro hacia ellos.

— ¿Qué pasó? —pregunto, mi voz apenas un susurro áspero.
Rachel me mira, sus ojos llenos de alarma.

— Se desmayó. Ha estado sintiéndose mal durante estos días —dice rápidamente.

Mi mente se nubla. — ¿Cómo? —indago, sintiendo cómo el pánico me sube por la garganta.

— Lo siento, Josué. Ella me pidió que no te dijera nada. No quería preocuparte —confiesa Rachel, con la cabeza gacha.

— ¡Ve y llama al médico! ¡Ahora! —Ordeno, la calma se ha evaporado, sustituida por el miedo puro.

Narra Nicaury.

Desperté hace un rato. El doctor ya se había ido, y ahora me encontraba sola con Josué en la habitación. La atmósfera era tan densa que se podía cortar con un cuchillo: un silencio cortante y molesto que me ponía los nervios de punta.
Josué estaba sentado en el sillón frente a la cama, inmóvil. Me miraba fijamente, y su expresión era una mezcla compleja de profunda preocupación y una calma tensa que me resultaba aterradora. Había una sombra oscura en sus ojos. No había dicho una palabra desde que desperté, y yo tampoco había hablado. Él se limitaba a observarme, a procesar algo en su mente, y la intensidad de su mirada me estaba consumiendo.

Cada segundo que pasaba se sentía como una hora. El silencio amplificaba el latido ansioso de mi propio corazón. No soportaba más la quietud, ni la forma en que me analizaba sin una sola pista de lo que pensaba.

— ¡Ya, Josué! —exclamé, rompiendo el silencio como un cristal—. ¡Deja de mirarme así! Me estás asustando.

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