Capitulo. 14

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Narra Niacury

Eran las seis y media de la tarde y el tic-tac impaciente del reloj de mi mesita de noche se sentía como un recordatorio constante. Yo seguía en mi habitación, con el armario abierto de par en par, sumergida en la exasperante misión de encontrar algo que ponerme. Nada funcionaba. ¡Nada! Si, como lo escuchas. No, no iba a ponerme ese vestido. ¡Jamás! Esa mujer, esa que se creyó con el derecho de meterse en mis asuntos, iba a aprender hoy mismo que Nicaury no era de las que se dejaban. Necesitaba un atuendo que gritara mi desafío sin necesidad de una sola palabra.

—Mi niña, ya estoy aquí —la voz calmada de Rachel me trajo de vuelta a la realidad. Entró a la recámara, su presencia siempre un bálsamo para mi mente agitada.

—¡Qué bueno que llegas! —respondí con un suspiro de alivio,sentándome en el borde de la cama. Acababa de salir de la ducha y la bata de baño, aún un poco húmeda, se pegaba ligeramente a mi piel. —Necesito un favor enorme.—

Rachel se acercó, su mirada comprensiva. —¿Qué necesitas, mi amor? Sabes que para ti lo que sea.—

—Es que... necesito que me ayudes a peinarme —dije, casi con urgencia, mis dedos tamborileando sobre la tela de la bata. —Quiero que me hagas un peinado... como los de antes. Esos que me hacían sentir realmente poderosa, ¿sabes?

Una sonrisa suave se formó en sus labios. —Claro, pequeña. Con gusto. Siempre supe que te encantaban esos peinados.—

Esa familiaridad y su tranquilidad me infundieron un poco de la determinación que necesitaba. Me levanté de la cama y caminé hacia la silla frente al espejo, la cual parecía esperarme. Me senté con una mezcla de nerviosismo y una creciente sensación de control. Rachel se paró detrás de mí, sus manos ya preparadas. Sabía que con ella, mi cabello no sería solo un peinado; sería la corona perfecta para la batalla que se avecinaba.

...

—Ya está, mi niña —dijo Rachel con una suave sonrisa, colocando la peineta con delicadeza sobre la mesa del tocador.

Me giré, y la imagen en el espejo me devolvió una Nicaury diferente, más resuelta. —Gracias, Rachel. Está… ¡está perfecto!.—Exclamé, una genuina sonrisa se extendió por mi rostro mientras me levantaba para abrazarla. Su calidez siempre era un refugio. Mi peinado era una elegante trenza que enmarcaba mi rostro y se fundía en una cola baja impecable. Sencillo, sí, pero con cada hebra parecía decir: "Estoy lista". La cola caía con gracia sobre mi hombro, un detalle que sabía, sutilmente, captaría la atención.

—Claro que no —respondí con una firmeza que resonaba en el aire de la habitación, mientras aplicaba la base de maquillaje con una decisión casi militar. Mis ojos estaban fijos en mi reflejo. —Esa señora está loca si cree que voy a usar ese vestido. Hoy no, y menos para ella. Sería darle demasiado crédito.

Me concentré en cada trazo, en cada sombra y delineado. El corrector difuminaba cualquier rastro de cansancio, el delineador líquido alargaba mis ojos con precisión felina, y el labial rojo intenso se convertía en una declaración audaz. Los minutos se deslizaron mientras el rostro que me devolvía el espejo se transformaba en la imagen de la mujer que quería proyectar: segura, desafiante, impecable. Poco después, ya no solo estaba maquillada, sino que el vestido negro que había elegido, elegante y sutilmente provocador, se ajustaba a la perfección. Estaba lista, de pies a cabeza, para la confrontación.

—¡Te ves hermosa, pequeña! —exclamó Rachel con una sonrisa radiante.

—Gracias, Rachel —respondí, devolviéndole el abrazo con fuerza.

—Bueno, pequeña... ya tienes que bajar —dijo Rachel con un tono de voz suave, y yo suspiré, sintiendo los nervios. Le di un rápido beso en la mejilla.

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