Capitulo 27

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Narra Nicaury.

Al día siguiente, me levanté mucho más temprano de lo habitual. No supe a qué hora regresaron el rey Aarón y su esposa, la reina Anne, pues me encerré en mi habitación y no salí para nada. No tenía ganas de encontrarme con "Maléfica" ni con nadie. Esa mujer me pone los pelos de punta.

Rachel vino a traerme el desayuno a la habitación, y me informó que el rey había salido muy temprano, dirigiéndose al hospital. Me contó que Aarón parecía muy cansado, pero que su rostro reflejaba una pequeña pizca de esperanza, lo que me dio un respiro. Rachel y el rey Aarón se han hecho muy buenos amigos, los he visto a menudo hablando por los pasillos o en el jardín. Si el rey no estuviera casado con la reina Anne, diría que ellos hacen una pareja perfecta.

Hablando de la reina, la vi salir del castillo con una expresión sombría. Un suspiro de alivio se me escapó. Al fin podría salir de mi habitación sin el temor de encontrarme con esa mujer. No es que le tenga miedo, simplemente evito cualquier confrontación con ella. Una vez que su auto desapareció por el camino, decidí que era el momento de salir.

Me dirigí hacia mi lugar favorito en el castillo: el salón de música. Es un lugar hermoso, lleno de luz, con un piano de cola en el centro. Siento que es un refugio, un santuario en el que puedo ser yo misma. Aprovecho cada vez que sé que no hay nadie cerca para tocar un poco. Aprendí a tocar el piano desde que tenía seis años; mi madre fue mi primera y única maestra. Sentarme frente al teclado me da una mezcla de nostalgia y paz, porque me recuerda a ella y a la alegría que compartíamos.


Narra Josué.

Al fin tengo a mi hijo a mi lado. Siento un alivio tan profundo que es casi físico, como si una carga que ni siquiera sabía que llevaba se hubiera esfumado. El miedo y la desesperación se han disipado, reemplazados por una paz que me llena por completo. Me siento inmensamente feliz, a pesar de la rabia que aún arde dentro de mí. Mi padre me contó lo que mi madre le dijo a Nicaury. No entiendo este cambio en ella; se ha vuelto una persona insoportable. Pero al ver a mi hijo, todo el dolor se desvanece. Le acaban de dar el alta. Solo tiene una fractura en su brazo derecho, una herida que juro vengaré.
Mientras mi padre, Dereck y yo vamos de camino al castillo, un pensamiento de mi hijo me saca de mi ensimismamiento.

—Papi —su voz es tan pequeña, tan frágil. Lo miro y le sonrío.

—Dime, mi amor.

—Papi, ¿le puedo decir a Nicaury mami? —pregunta, con su frente arrugada por la preocupación.
Mi corazón se hincha de una felicidad inmensa. Miro a mi padre, que sonríe conmovido.

—Si ella te lo permite, por mí es un sí, mi príncipe. Pero debes hablar con ella para saber si está de acuerdo.

Dereck asiente, y una sonrisa se dibuja en su rostro.

Treinta minutos después, llegamos. Al entrar al salón, una melodía me detiene en seco. Un piano suena con una dulzura que me es extraña, porque sé que nadie más en esta casa toca este instrumento. O eso creía.

—Papá, por favor, lleva a Dereck a su recámara —le pido. Él asiente, y con mi hijo en brazos, camina hacia las escaleras.

Yo sigo el sonido hasta el salón de música. La puerta está entreabierta. Me acerco y mi corazón se acelera. Es ella. Nicaury está sentada en el piano, con los ojos cerrados, sus manos moviéndose con una gracia que me hipnotiza. No reconozco la canción, pero es suave, triste y hermosa. No quiero interrumpir este momento. Me quedo en el umbral, observándola en silencio, mi alma enamorada de la música que sale de su corazón.

Narra Nicaury.

Estaba tocando una pequeña melodía, una que me enseñó mi madre. La compuso ella misma y la llamó "El poder del amor". Era suave, agridulce, llena de los sentimientos que ella guardaba en su corazón. Al terminar la última nota, un sonido de aplausos me hizo saltar. Al voltearme, vi a Josué. Estaba parado en el umbral, con una sonrisa amplia y hermosa en su rostro. La vergüenza me invadió.

¡Me había descubierto!
Él se acercó a mí con pasos lentos y se sentó a mi lado en el banco del piano.

—Tocas muy bien, Nicaury —comentó, su voz suave—. Hace mucho tiempo que este piano no sonaba en el castillo.

—Yo… lo siento. Entré sin su permiso —dije, bajando la mirada.

—No te disculpes —respondió, y con su dedo tocó algunas teclas—. Además, el único que viene aquí soy yo. Tocar el piano me ayuda a olvidar mis problemas, aunque sea por un momento.

—A mí también —susurré, y una sonrisa se dibujó en mi rostro. La conexión era innegable—. ¿Cómo está Dereck?

—Él… él está bien. Ahora mismo debe estar en su recámara, con mi padre —respondió, su voz llena de alivio.

—¿Puedo verlo? —pregunté, mi corazón latiendo con fuerza.

—Claro, no tienes que pedirme permiso para nada, hermosa —dijo, poniéndose de pie y extendiendo su mano. La tomé y me levantó, acercándome a él de un solo movimiento. Su mano rodeó mi cintura, su cercanía me robó el aliento. Sus ojos, llenos de ternura, se posaron en los míos.

—Mi padre me contó lo que mi madre te dijo —susurró, su rostro cada vez más cerca—. Quiero que sepas que me importas, y mucho.—
Nuestros labios se unieron en un dulce y perfecto beso, lento, sin prisa. Me aferré a su camiseta, sintiendo que el mundo se detenía.

El beso era una promesa, una confirmación de que todo lo que habíamos sentido era real. Cuando nos separamos por la falta de aire, él sonrió.

—Ahora sí, vamos —dijo, su voz ronca.

Ambos caminamos hacia la recámara de Dereck. Al llegar, lo vimos hablando con su abuelo. La mirada de mi pequeño se dirigió de inmediato hacia la puerta, y una sonrisa iluminó su rostro.

—¡Nicaury! —gritó Dereck al verme. Sus ojos se iluminaron de un modo que me derritió el corazón. Me acerqué a la cama y me senté junto a él, sintiendo una felicidad abrumadora al verlo.

—Bueno, los dejo. Tengo trabajo que hacer, esta nación necesita a su rey

—dijo el señor Aarón, con su sonrisa tranquila de siempre.

—¿Necesitas ayuda, padre? —preguntó Josué.

—No, quédate con tu hijo, él te necesita —respondió. El rey Aarón le dedicó una última mirada a su nieto y salió de la habitación. Josué se sentó a nuestro lado en la cama, y por un momento, me sentí en un refugio, protegida por ellos.

—¿Cómo estás, pequeño? ¿Esas personas te hicieron algo? —pregunté, mi voz llena de preocupación. Lo abracé con cuidado, como si fuera la cosa más frágil del mundo.

—Estoy bien, solo me lastimé mi brazito. El doctor dijo que soy muy valiente —dijo, sonriendo mientras me mostraba su brazo enyesado.

—Sí, eres un niño muy valiente —le dije, besando su frente.

—¿Por qué no fuiste al médico a verme? —inquirió Dereck, y mi corazón se encogió.

—Nicaury estaba un poco enfermita, por eso no pudo ir a verte —respondió Josué.

Dereck lo miró y luego volvió su mirada a mí. Me sentí culpable por no haber ido, pero las palabras de la reina Anne resonaron en mi cabeza. No quería causar problemas.

—Nicaury, yo te quiero pedir algo —susurró Dereck, sacándome de mis pensamientos.

—Pídeme todo lo que quieras —le dije.

—Yo… —comenzó a decir, pero se detuvo, como si le diera miedo continuar. Miró a su padre, que le sonrió y lo animó a seguir—. ¿Tú puedes ser mi mami?, ¿te puedo decir mamá? —preguntó.

Me quedé en shock. No me esperaba esta pregunta, no tan pronto. Miré a Josué, buscando su aprobación. Él asintió, con una sonrisa tierna que me decía que todo estaba bien.

—Sí, claro que sí, si tú quieres —le dije. El niño sonrió ampliamente, y yo sentí una felicidad que me desbordaba.

—¡Te quiero, mami! —gritó, y me abrazó con sus pequeños brazos. Las lágrimas, que había intentado reprimir, comenzaron a salir sin control. Lo abracé con más fuerza. En ese momento, no era solo una persona, era una mamá. Y el sentimiento, tan hermoso y abrumador, era algo que nunca creí que sentiría.

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