Capitulo: 32

4.8K 195 3
                                        

Narra Nicaury.

Llegamos al castillo, pero la escena frente a nosotros me heló la sangre: una flota de autos de policía y vehículos de seguridad bloqueaban la entrada. El pánico me golpeó. Bajé del auto sin siquiera esperar a que se detuviera por completo. ¿Qué demonios está pasando?

Un fuerte disparo resonó en el aire. Instintivamente, corrí hacia el castillo, pero un guardia me interceptó y me sujetó firmemente. Desde donde estaba, vi al Rey Aarón salir de uno de los vehículos, con el rostro grave, y dirigirse hacia mí.

— Nicaury, tranquila —dijo, su voz intentando ser calmada, pero fallando.

Me zafé bruscamente del guardia y caminé con desesperación hacia el Rey.

— ¿Dónde está Josué? ¿Qué está pasando? —pregunté, sintiendo que el aliento me faltaba.

— Tranquila, Nicaury. Josué está bien, está ahí adentro —respondió, señalando el castillo. Justo en ese momento, un grupo de policías y oficiales armados comenzó a entrar a toda prisa. No entendía nada, solo sentía el miedo paralizarme.
Minutos después de que la policía desapareciera dentro de la fortaleza, Josué salió. Su rostro estaba tenso y pálido, pero estaba ileso. No lo dudé: corrí hacia él y me lancé a sus brazos, aferrándome con todas mis fuerzas.

— Estoy bien, tranquila. Estoy aquí, amor —susurró él contra mi cabello, mientras sentía sus manos protectoras acariciar mi espalda. Su calor me ancló a la realidad.

— Josué, llévalos lejos de aquí. Yo me encargo de resolver esto —ordenó Aarón, acercándose con un semblante de furia contenida.

— ¿Qué pasó? —pregunté, con la voz ahogada.

— Vamos, te lo explico luego. Papá, cualquier cosa me avisas —dijo él, y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba. Estaba furioso, se notaba a leguas.

Nos separamos y caminamos rápidamente hacia donde estaban Rachel y Dereck, quienes esperaban junto al chofer que nos había traído. El rostro de Rachel reflejaba mi propio terror, y Dereck se veía confundido.

— Llévanos a la casa de campo, ahora —ordenó Josué al chofer. El hombre asintió y se dispuso a volver al auto. Josué también ordenó a varios guardias de seguridad que nos acompañaran, dejando claro que lo que estaba sucediendo era mucho más grave de lo que querían admitir.

Han pasado varios días desde el incidente en el castillo, y todavía no puedo creer la magnitud de la maldad de esa mujer. Bueno, ¿a quién engaño? Ella siempre me causó una profunda desconfianza, era extraña y venenosa. No dudo ni por un segundo que fuera capaz de orquestar ese caos. Pero lo que más me duele es que haya intentado quitarle a Josué el privilegio de tener a su verdadera madre a su lado. Esa mujer es, sin duda, un monstruo.
Regresamos al castillo hace apenas dos días, y la atmósfera es pesada. Hay una tensión palpable flotando en el aire. Con todo el revuelo, tuvimos que aplazar la boda para el mes que viene.

Aún no he podido decirle a Josué sobre el bebé. Ha estado increíblemente ocupado estos días, casi no lo veo. El día del incidente fue imposible; estaba demasiado nerviosa y asustada para pensar con claridad.

La verdad es que mi salud no hace más que empeorar. Hace unos días, tuve que ir al hospital de emergencia después de sufrir un sangrado inesperado. Me asusté muchísimo. El miedo de perder a mi bebé, de que todo se complique por mi culpa, es una carga insoportable que llevo sola. Necesito decirle a Josué, pero el momento nunca parece ser el correcto.

— Mi niña, ¿estás bien? Llevo un rato hablándote y estás en el aire —dijo Rachel, su voz cargada de preocupación. La miré y le dediqué una sonrisa forzada.

AceptoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora