Capitulo 31

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Narra Nicaury

Desperté hacía un ratito. El doctor ya se había ido, pero yo no estaba sola. Josué seguía allí, sentado en la silla, observándome en el suave silencio de la habitación. Había algo en sus ojos que me encogió el corazón: una mezcla de inquietud y una tristeza oculta. Llevaba un tiempo mirándome, en silencio, y aunque no me gritaba, su quietud ya me estaba asustando un poquito.

—Josué, cariño, deja de mirarme así —le pedí, mi voz era apenas un hilo.

Él se inclinó, su expresión se suavizó con culpa. —¿Por qué no me dijiste que te estabas sintiendo mal, mi vida?

La pregunta me hizo sentir de repente muy frágil. Tenía que preguntar lo que me carcomía.
—¿Y tú por qué has estado tan extraño? Sales, llegas tarde... ¿Ya no me quieres? ¿Ya no te gusto? —Sentí un nudo en el pecho y mis ojos empezaron a picar. Las lágrimas ya estaban allí.

Al instante, él se levantó y se sentó a mi lado, tirando suavemente de mí para que me recostara en él.

—No, mi amor, no llores, por favor —dijo con la voz ronca, pegándome más a su pecho—. Yo te amo. Me encantas, me encantas tanto. Eres la persona más importante para mí en el mundo, tu y nuestro hijo son mi razón de ser.

Mientras él me abrazaba y limpiaba las lágrimas con la yema de sus dedos, pregunté de nuevo: —¿Por qué no me dices qué pasa, entonces? ¿Por qué te vas tanto?—

Su mano acarició mi mejilla con extrema ternura. —No puedo decírtelo ahora, cielo, pero lo sabrás. Lo sabrás a su tiempo. Te lo prometo. Ahora, mi preciosa, mañana vas a ir con Rachel al médico y te vas a chequear, ¿sí?—
Asentí, sintiendo su calor. Él me abrazó con una dulzura reconfortante, el gesto más tierno y sincero, como si quisiera protegerme de todo.

A la mañana siguiente.

Desperté y, como la mañana anterior, Josué no estaba a mi lado. Suspiré y me levanté de inmediato.

Me dirigí al baño para ducharme. Al salir, me vestí con unos jeans azul claro, una blusa blanca y unos tenis a juego. No me molesté en maquillarme; solo apliqué un poco de brillo labial y me até el cabello en una simple cola. Tomé mi bolso y bajé las escaleras.

Encontré a Rachel y a mi pequeño hijo, Dereck, en la sala de estar.

—¡Mamá! —gritó mi niño, corriendo hacia mí y aferrándose a mi cintura.

—Buenos días, mi amor. ¿Cómo amaneciste? —pregunté, devolviéndole el abrazo con dulzura.

—Bien, ¿y tú? —indagó, mirándome con sus ojos grandes.

—Bien, mi vida. —Me volví hacia Rachel, que me observaba con una sonrisa maternal—. Hola, Rachel, ¿cómo estás?

—Bien, mi niña. ¿Estás mejor? —preguntó ella, su tono lleno de preocupación.

—Sí, bueno... eso creo. Nana, ¿me acompañas a una cita con mi doctor? —pregunté.

—Claro que sí, mi niña. El joven Josué ya me lo había pedido antes de salir con su padre —respondió.
Ambas asentimos, y sin más, nos dirigimos juntas al comedor para desayunar.

Una hora más tarde, ya estábamos sentadas en el consultorio del Doctor González. Me traje a Dereck porque no iba a dejarlo solo en el castillo con Maléfica. Además, esa mujer últimamente no me inspira confianza... bueno, nunca lo ha hecho, pero ahora la siento al acecho.

—Bueno, Nicaury, ¿qué hechicería la trae por aquí? —preguntó el Doctor González con su habitual tono relajado.

—Doctor, he estado coleccionando síntomas esta semana. Mareos, desmayos espontáneos, cansancio que ni con tres Red Bulls se quita. Y para rematar, calambres abdominales y una acidez que me hace pensar que tengo un dragón en el estómago —le comenté, enumerando mis males con un suspiro dramático.

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