Hola, chamita.
Hola, chamita.
Hola, chamita.
Hola, chamita.
El mensaje se repite en mi mente como un eco profundo.
Estoy sentada en el balcón de mi habitación, viendo directamente hacia mi móvil. Las letras dan vueltas y vueltas por mi cabeza mientras lo veo. El mensaje, bajo un círculo con una foto de su rostro, es lo único que puedo captar en medio de la oscuridad. Recuerdo que muy pocas personas pueden encontrar cualquiera de mis redes sociales, eso quiere decir que ha pasado un buen tiempo buscándome y lo ha conseguido.
Toco el círculo de la foto y, de inmediato, entro a su perfil. Su cuenta está tan privada que se me hace prácticamente imposible pasar de las cinco fotos públicas que tiene.
Rasco mi cabeza analizando si debo o no debo responder.
Se supone que los hombres no deberían buscar después de una noche sobre su cama. ¿Qué sucede con los hombres de ahora?, ¿cuándo comenzaron a ser más sentimentales que nosotras? Un gruñido sale de mi boca al mismo tiempo que me desespero y remuevo mi cabello.
Tomo mi celular dispuesta a borrar el mensaje, tomando en consideración que su existencia no me interesa y que puedo omitirlo por completo, pero algo me detiene justo a tiempo. Me estremezco cuando escucho un ruido proveniente de la primera planta, miro el reloj de mi celular y me doy cuenta de que son las tres de la mañana, la hora del diablo y los ladrones.
Dispuesta a ver qué sucede, me levanto del piso y camino hasta el pasillo de la segunda planta, no sin antes dejar el celular sobre la cama. Me aseguro de tomar uno de los palos de golf que mi tío me obsequió para mis veintiún años y, lista para la acción, empiezo a caminar a la puerta.
Voy bajando los escalones, uno por uno, en silencio y preparada para dar el primer golpe sin errores. La sala está iluminada por la poca luz de la luna que entra por los ventanales. No hay movimientos frente a mí o a los lados, tampoco ruidos extraños.
Desplazo mis pies descalzos hasta llegar al centro del espacio. No veo nada, por ende, resoplo aliviada y bajo mis defensas para volver a mi recamara. En eso, escucho gemidos provenientes desde lo más profundo de la oscuridad de la cocina. Un escalofrío me recorre desde la punta de los pies hasta el último cabello de mi cabeza. Miedo, terror, pánico. El sonido de algo arrastrándose por el piso me obliga a elevar el bastón improvisado de metal, fingiendo que las manos no me tiemblan.
El ruido se detiene y yo busco la manera de ver a mi alrededor, pero, nuevamente, no hay nada. Empiezo a creer que es parte de mi imaginación y respiro hondo, buscando la tranquilidad que me caracteriza. Doy media vuelta para subir las escaleras, cuando algo me detiene de improviso por el tobillo.
Mi corazón se dispara y mi alma sale de mi cuerpo, inmediatamente miro eso que me está sosteniendo. Una mano, una mano está sosteniendo mi tobillo con fuerza. No me detengo ni un segundo y grito lo más fuerte que puedo, mi instinto me dice que machuque esa mano con mi pie. Machuco, machuco y vuelvo a machucar.
Veo la mano tiesa en el piso, sin intensiones de moverme. En ese momento, doy pasado hacia atrás, hasta que pego mi espalda al pasamano de madera.
Retomo el palo de metal y, justo cuando voy a pegarle para terminar de quebrar hasta el último hueso del posible ladrón que ha intentado llevarse algo de esta casa, una cabeza se asoma desde el piso. Me está viendo, yo lo estoy viendo. Él gime del dolor con dos lágrimas bajando por sus mejillas y me enseña su mano inflamada, machucada y adolorida. Mi corazón no ha dejado de bombardear, pero no me impide correr hasta encender las luces para verle mejor.
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Punta, tacón
RomanceBárbara es una mujer que creció bajo la presión de ser fuerte, majestuosa y perfecta para el mundo exterior. Ella tiene bases muy claras de lo que quiere y de lo que debe hacer, si llegar al éxito ella se propone. Pero se ha olvidado de lo más impor...
