34

2.3K 196 4
                                        


Tengo el corazón en un puño durante todo el trayecto. En cuanto el coche se detiene y diviso la casa de los Lucci iluminada, esa casa donde pasé uno de los momentos más felices de mi vida, me apeo del vehículo enérgicamente y corro por el largo pasillo hasta llegar a la puerta de entrada, que no dudo en golpear impaciente hasta que alguien me abre.

Hago a un lado a la mujer del servicio y entro en la casa. Me dirijo hacia la habitación donde está la mayor parte de la familia reunida: Stefano, Claudio y Antonello junto a un montón de personas más que no conozco.

—¿Qué ha pasado? —pregunto con impaciencia, con las lágrimas invadiendo gran parte de mi rostro descompuesto.

—Ingrid... —Stefano coloca su mano en la frente y la frota enérgicamente. Miro una vez más a mi alrededor, a primera vista hay cosas que se me han pasado por alto, como que todo está lleno de ordenadores, personas con cascos caminando de aquí para allá y otros hablando por sus teléfonos móviles que apenas han reparado en mi presencia—. Marcello no... no...

Los desgarradores alaridos de Monica que provienen del piso superior me hielan la sangre. Se me para el corazón al ser testigo de tanto dolor.

—¡Noooo! Mi niño no... ¿Por qué? ¡¿Por qué se han llevado a mi pequeño?! ¡Dejadme en paz, no os atreváis a tocarme u os juro que...! ¡NO! ¡FUERA!

Stefano orienta la cabeza hacia las escaleras, de donde procede la voz de su mujer, espera un rato a que los gritos cesen y solo entonces se sienta abatido en la butaca y cierra los ojos. Está conteniéndose, luchando con fuerza para no caer derrotado. Conozco esa expresión porque me he sentido así un montón de veces.

De la escalera bajan dos hombres y una mujer, uno de ellos lleva un maletín.

—La hemos sedado, señor. Ahora no se entera de nada.

—Mejor. ¿Cuánto tiempo estará dormida?

—De seis a ochos horas antes de la siguiente toma.

—Bien.

—Nos quedaremos aquí por si nos necesita.

—Sí, por favor. Tomen asiento y pidan al servicio cualquier cosa que precisen.

Miro la escena anonadada y me obligo a intervenir.

—Stefano... ¿Por qué nadie me dice nada?

Me retiro las lágrimas con el dorso de la mano y sorbo por la nariz, todo cuanto veo me desespera, no alcanzo a imaginar la magnitud del problema.

Antonello se acerca a mí. Sus ojos tristes me conmueven.

—Será mejor que se siente, Ingrid.

Le obedezco automáticamente. Ahora la cabeza me da vueltas, el nudo en el estómago me oprime aún más, estoy al límite de mis fuerzas y no sé cuánto tiempo podré mantener la entereza antes de desmoronarme.

—Hace cinco horas hemos recibido una llamada. Estamos intentando rastrearla, pero me temo que quienes la han realizado han tenido mucho cuidado para que no podamos hacerlo y...

—¿Qué ha pasado? —reclamo con impaciencia.

—Nos han dado un ultimátum –mira a su padre, pidiéndole permiso con la mirada para proceder, este asiente frotándose las cejas con la mano–. Nos piden un millón de euros a cambio de ofrecer a Marcello una muerte digna.

Clan LucciDonde viven las historias. Descúbrelo ahora