—¡Ingrid! —Marcello deja el plato de comida a un lado y abre los brazos en mi dirección, sonrío y corro a su encuentro como una niña pequeña—. Te echaba de menos. ¿Cómo ha ido todo?
—Bien —desvío la mirada, pero él pone un dedo bajo mi barbilla y me obliga a mirarle.
—¿Demasiado duro?
Me encojo de hombros.
—Ahora ya es agua pasada.
—Bien.
—Bien —repito y vuelvo a enterrar la cabeza en su cuello—. Supongo que ya te lo han explicado todo...
—Me ha llamado Antonello —confirma emitiendo un largo suspiro—. No me lo podía creer.
—¿Estás muy enfadado?
—¿Enfadado? –pregunta mirándome con mucho interés.
—Por lo de Gianni.
—Ah. Eso –suspira y se lleva una mano a la cabeza–. Yo hubiera actuado diferente, pero tú no eres como yo, eres más... –hace un gesto con la mano mientras busca la palabra que me defina–, como lo dijiste antes... ¡ah, sí! Templada. Entiendo por qué lo has hecho y la verdad es que me quedo un poco más tranquilo si ese tío no vuelve por aquí.
—Gracias –contesto sin atreverme a mirarle.
—Por cierto... ¿Has comido?
—No tengo hambre.
Él me retira de su lado con cuidado.
—Tienes que comer —dice en un tono que no admite discusión.
—No insistas, soy mayorcita.
Hace una evidente mueca de disgusto ante mi terquedad.
—Has perdido peso —comenta mientras estudia mi cuerpo con detenimiento. Sonrío, le acaricio el rostro y me acerco para darle un beso.
—Bueno, me sobraban unos quilos...
—No te sobraba nada. Ahora te faltan.
Se me escapa la risa.
—¿Buscas pelea?
Marcello sonríe mientras niega con la cabeza. Coge su plato y pincha un trozo de rape en salsa.
—Abre la boca.
Me echo a reír.
—¡Ni hablar, es tu comida!
—Abre la boca –repite risueño–, no volveré a repetirlo.
Me acerco un poco más a él, cojo el tenedor que me ofrece y lo conduzco decidida hacia su boca. Él lo acepta, pero entonces me lo arrebata de las manos, pincha otro trozo y vuelve a insistir. Me rindo y abro la boca dejando que me dé de comer. Es la eterna manía que tiene de controlarlo todo, pero ahora no quiero discutir.
—Está muy bueno —apruebo—. Por cierto, ¿dónde están tu madre y tu hermana?
—¡Uuuufff, calla! No me han dejado en todo el día, las tengo las veinticuatro horas pegadas a mi culo y ya no podía más. Por su propio bien y el mío les he pedido que me dejen solo un rato.
—Vaya... y ahora la que acaba de llegar para pegarse a tu culo soy yo —sonrío, él me coge de la mano y la besa.
—Tú eres una excepción, no me molesta que te quedes, creo que hasta lo necesito para recuperarme.
Se me escapa una carcajada, aparto el plato de su regazo y me siento a su lado, él me abraza, me mima, me quiere y yo simplemente me dejo querer.
—Creo que me pasa algo, esto no es normal...
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Clan Lucci
RomanceUna chica con un difícil pasado, trata de pasar página en Nápoles, lejos de todo lo que conoce. En su viaje se encuentra con un hombre que representa todo lo que odia. Obstinada en evitarle, el destino se empeña en acercarles y sin quererlo se ve en...
