Como ya dije, ese lunes no fue un lunes cualquiera. Todo había empezado diferente a otros días, y lo que quedaba por pasar.
Yo había llegado más pronto de lo normal al instituto, así que aproveché para dar una vuelta por ahí y familiarizarme un poco más con todo aquello.
Sólo conocía mis clases y el patio interior, jamás había salido fuera o había subido a otro piso que no fuese el mío, así que me dio por ir al patio trasero.
El instituto estaba fuera de lo que era la ciudad, a dos quilómetros de la fantasma y a uno y medio de la nueva.
Era enorme, de cuatro plantas, con un patio interior también grande, pero el patio trasero, era algo excepcional. Miraba hacia la ciudad abandonada y se juntaba con el bosque que llevaba a ella, pero, a partir de ahí, había una valla, supongo que para que nadie fuese a la Ciudad Gris.
Los primeros doscientos metros de patio trasero eran bancos y mesas donde se sentaban la gente normal y algunos frikis. Los populares siempre estaban en el patio interior, también lleno de mesas y bancos. Los frikis se solían encontrar más en la biblioteca que en ninguna otra parte.
A mí personalmente no me ha gustado nunca poner etiquetas a la gente, pero es solamente para que comprendáis a quiénes me refiero. Y porque así se llamaban a ellos mismos, incluso.
El instituto era casi tan grande como una universidad, pero era normal, era el único instituto en veinte quilómetros a la redonda.
Después de esos doscientos metros de mesas y bancos del patio trasero, empezaba a no haber nada, sólo la tierra amarillenta del suelo y la silueta lejana del bosque, al que, por pertenecer a la ciudad fantasma, llamaban bosque fantasma, pero a mí me parecía un simple bosque normal.
Claro está, pero, ese quilómetro llano no estaba vacío, por allí andaban los marginados, los chicos malos. Algunos se pasaban allí las seis horas y ni se presentaban en clase. En mi aula, por ejemplo, había un caso así, pero yo aún no sabían quién era ese pobre idiota.
El suelo estaba lleno de cigarrillos y alguna que otra botella de cerveza, sin contar los innumerables mecheros rotos que ponían algo de color a esa tierra seca y abandonada de cuidado alguno.
Por suerte los marginados aún no habían llegado cuando pasé por ahí, me hubiese dado un poco de corte pasar frente a ellos sola.
También había como una docena de coches abandonados, donde debían meterse algunos marginados con sus chicas. Me preguntaba cómo debían haber hecho para traer coches hasta ahí.
Seguí andado, cuanto más andaba menos señales de gente había, hasta que llegué a trescientos metros de la valla, aquello sí estaba completamente desierto, pero algo me impulsó a llegar hasta el final.
A cincuenta metros de la valla pude ver la figura de un chico apoyada en ella.
Seguí avanzando.
Poco a poco iba viéndole la cara, debía tener unos 19 años, no era edad para seguir en el instituto, pelo castaño claro y ojos marrones también, era guapillo, pero se le veía triste, o mejor dicho, rabioso.
Cuando me encontraba a cinco metros de él, levantó la cabeza y dijo:
-Oh, una visita. ¿Qué hace una chica bonita y buena como tú en el final del patio -miró su móvil-, cinco minutos antes de que empiecen las clases? -concluyó.
Yo también miré el móvil, me había entretenido demasiado, llegaba tarde. Bueno, me daba igual, Jason no me iba decir nada, al fin y al cabo.
-¿Y tú? ¿Tú qué haces aquí? -pregunté intentando hacerme la dura a pesar de que empezaba a ponerme colorada de nuevo.
ESTÁS LEYENDO
Immortal (definitivo)
Mystery / ThrillerRe-edición de mi primera novela Immortal. La historia de Noa, una chica de 15 años que lo pierde todo en un trágico accidente y se ve obligada a irse a vivir con un familiar que deconocía por completo. A partir de ese encuentro, su vida dará un giro...
