La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•El primer día• Capri
El único deseo que bailaba en mi mente a estas alturas era poder tener un respiro. Mi vida estaba agobiando el poco juicio que me quedaba. Necesitaba poder ser alguien más. Quería serlo, pero sin perder la esencia de mi verdadera yo. Mi existencia se había limitado a seguir las estrictas reglas de mi padre y las firmes creencias religiosas de mi madre. Un completo martirio, si se veía desde cierto punto. Es decir, no me quejo: mi vida solía ser más que buena... pero yo quería más. Necesitaba más.
Por primera vez, quería sentirme libre.
Observaba con una dulce esperanza el paisaje que se extendía al otro lado del vidrio del auto, a lo largo de la solitaria carretera. Me dirigía, llena de emoción, hacia una nueva aventura que prometía tanto... me sentía feliz, ansiosa, voraz.
Aprendería cosas nuevas y, sin duda, haría muchas más. Todo aquello que siempre quise, pero que de una u otra forma jamás tuve la oportunidad de realizar.
Esta vez, nada ni nadie podría detenerme.
Lo haría. Y me prometí ser feliz con ello.
Las palabras estaban de más desde el momento en que tomé aquella asombrosa decisión: verme a mí.
🐌
La gran casona apareció al frente después de unas horas, y una magnífica sonrisa me inundó el rostro. Por fin, el lugar que suponía brindarme la ventura que tanto había pedido yacía a tan solo unos cuantos metros de distancia.
Chillé emocionada al percatarme y bajé del auto entusiasmada, pegando un sonoro suspiro.
—Vida, sorpréndeme.
Tomé la enorme maleta y la llevé hasta la entrada, donde pronto apareció una linda mujer de etnia subsahariana. Su esencia era alegre, tranquila y, sobre todo, acogedora.
—Bienvenida, señorita Montalbán —pronunció, esbozando una sonrisa Duchenne mientras hacía una leve reverencia, lo que me generó una pizca de incomodidad—. Mi nombre es Tara, para servirle.
—Gracias, Tara, pero solo soy Capri... y en verdad apreciaría que todos lo supieran —rogué, devolviéndole la sonrisa.
—Por supuesto. —Observó mi equipaje, impidiéndome continuar—. Enseguida mandaré a mi hijo por sus pertenencias, no se preocupe. Adelante, le mostraré su habitación.
—Solo soy Capri —repetí.
—Claro, lo lamento. No estoy acostumbrada... adelante, cariño.
Me detuve un segundo ante el marco de madera de la entrada principal antes de inhalar profundamente. Absorbí fe, ambiciones, expectativas.