Doce

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•El cambio•Capri

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El cambio•
Capri

El cansancio en mi cuerpo era titánico, pero no mayor que la emoción que me invadía. Abrí los ojos cuando mi reloj biológico hizo su trabajo y bajé a preparar un poco de desayuno. Las clases de cocina habían dado grandes frutos y, quizá, también poseía cierto don culinario.

Canté It's Now or Never de Elvis durante el camino hacia la cocina, fingiendo tocar una guitarra de aire. Inicié ese pequeño desayuno que prometía irradiar felicidad en mi estómago: hotcakes con tocino y un licuado de plátano con deliciosas almendras. Por supuesto, ya bebía de mi licuado mientras los hotcakes y el tocino chisporroteaban en la sartén.

Mientras esperaba el resultado final, decidí merodear la pizarra de corcho que Tara tenía sobre la barra. Había muchas notas, pero aquella que leí, mientras mi lengua limpiaba la espuma en la comisura de mis labios, me dejó helada.

En dos días sería el cumpleaños de Alek.

Salí corriendo hacia mi habitación, pero al llegar al tercer escalón tuve que regresar para evitar incendiar la casa con mis hotcakes olvidados. Como resultado, terminé tirando a la basura unos tristes círculos negros de harina achicharrada.

Y yo que tanto presumía de mi talento.

En fin, no había sido falta de habilidad, sino exceso de emoción por hacer algo increíble para alguien fantástico. Si bien me había mantenido alejada de él durante una semana y, cuando por fin le hablé, él desapareció por días para reaparecer con una actitud apagada, al menos tenía claro que su cumpleaños era la oportunidad perfecta para recuperar por completo nuestra pequeña amistad.

Necesitaba conseguir algo para él.

El regalo perfecto.

Solo me tomó un momento encontrarlo y un día en recibirlo. Justo a tiempo. Estábamos a solo veinticuatro horas de que Alek cumpliera veintitrés. Tara preparaba una deliciosa tarta de tres leches (al parecer, su favorita) y yo vigilaba la entrada de la cocina para asegurarme de que no apareciera.

—Buenos días, almas bellas —nos saludó Arnaldo con alegría.

—Buenos días, cariño. ¿Has visto a Alek? Estoy preparando su pastel y no quiero que venga. Tengo a la pobre Capri vigilando.

Reí sin apartar la vista del pasillo. 

Estaba haciendo un excelente trabajo.

—Creo que está en el garaje, le ha estado poniendo mucho empeño al auto.

—¿Por eso no se ha dejado ver? —pregunté con curiosidad.

—Vaya, no somos los únicos de los que se esconde —respondió su padre con una sonrisa—. No lo sé, Capri. Lleva tres días en los que apenas saluda y luego desaparece sin decir ni una palabra.

LA PRIMERA VEZHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora