La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•Tesoro especial• Alek
Regresábamos del corto viaje a la ciudad y, aunque moría por llegar a casa para estrechar a Capri entre mis brazos y llenarle el rostro de besos hasta cansarme, el imbécil de Drax me obligó a detenerme en cada maldita tienda del camino porque buscaba una cerveza "especial".
—Este es el último lugar donde me detengo —gruñí por tercera vez en menos de una hora.
Pero él solo soltó una carcajada despreocupada mientras se bajaba del auto.
—Relájate, amigo. En unos minutos estarás con tu princesita y se te olvidará hasta mi nombre. Además, seguro ella también te extraña.
Le aventé una lata vacía de soda por la ventana y golpeó su espalda antes de que cerrara la puerta.
—¡Lárgate!
Su risa resonó desde afuera mientras entraba a la tienda como si nada.
Apoyé la cabeza contra el asiento y solté un suspiro pesado. La extrañaba demasiado.
Extrañaba su voz, sus manos pequeñas buscando las mías, su manera de sonreír cuando se emocionaba por algo absurdo. Hasta sus berrinches.
Dios... extrañaba incluso sus caprichos.
Por suerte, Drax regresó rápido esta vez, cargando el cartón de cervezas como si hubiese encontrado un tesoro nacional.
—¡Aleluya! —celebró al subir al auto.
—Si vuelves a pedirme otra parada, te abandono en medio de la carretera.
—Pero con cariño, ¿verdad?
—No.
Arranqué el Porsche sin darle oportunidad de responder.
El camino de regreso lo hice prácticamente con el corazón acelerado. Sonreía como un completo idiota imaginando la cara de Capri cuando me viera aparecer por la puerta.
Pero aquella sonrisa desapareció apenas crucé la entrada de la casa.
Adiel Montalbán se encontraba de pie en la estancia, impecable como siempre, sosteniendo un vaso de whisky entre los dedos.
Mi corazón dio un golpe seco.
Recordé de inmediato las palabras de Tara: quiere venir por ella.
—Alek, buenas noches —saludó con esa elegancia fría y casi intimidante que parecía acompañarlo siempre.
—Buenas noches —respondí intentando mantener la compostura—. ¿Busca a Capri?
—Oh, ya la vi. Llegué hace un par de horas. —Dio un pequeño sorbo a su bebida antes de añadir—: En realidad, te estaba esperando a ti.