Dieciocho.

880 96 46
                                        

•Tatuajes•Capri

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Tatuajes
Capri

Sentada en el comedor frente a mi padre y Santiago, aún incómoda por sus presencias, desayunaba. Era casa de mi padre, eso me convertía en una desconsiderada, lo sé, pero... había especificado tan bien lo mucho que deseaba estar sola, que no le perdonaba su presencia. Y por si fuera poco, había traído con él a ese petulante, el ingrato que rompió mi corazón sin piedad alguna. ¿Cómo era esto posible? Me sentía realmente traicionada por el hombre más importante en mi vida.

—¿Cómo te has sentido?—preguntó papá, pegando bocado.

—Muy bien, todo ha estado en verdad maravilloso por aquí.

Le regale una sonrisa a labios cerrados y por el enorme ventanal, logré distinguir cómo Alek sacaba algunas hojas de la piscina, echando algunos vistazos hacia nosotros. Cuando nuestras miradas se cruzaron, se recargó sobre el barredor de hojas e identifiqué aquel guiño que me hacía suspirar. No pude evitar sonreír, esta vez de manera sincera.

—¿Cuándo regresarás? —preguntó Santiago, explotando la burbuja enamoradiza en la que flotaba.

Me encogí de hombros.

—En unos meses.

—Me gustaría que reconsideraras esa opción —dijo papá, mirándome con seriedad.

—No, quiero estar aquí. Dije que regresaría a finales de junio y así será.

Mi padre soltó un suspiro ensordecedor que estremeció el ambiente.

—Capri, esto es una locura.

—Papá, por favor —pedí, dejando los cubiertos sobre la mesa—. Ya habíamos llegado a un acuerdo, dijiste sí, y no tienes por qué estar aquí. Ningunos de los dos. —Alterné la vista entre ambos antes de hablar entre dientes—. Lo prometiste.

—Cariño, no te quiero lejos de casa, es todo. Te extrañamos mucho, tu madre, tu hermana y yo.

—Y regresaré.

—A mí también me parece que debes volver —agregó Santiago y por supuesto, decidí ignorarle—. Especialmente por ese, ¿qué es?, ¿jardinero?

—¿De qué hablas? —le preguntó mi padre curioso.

—De nada —respondí, mirando a Santiago con molestia.

—Claro que sí hablo de algo. Ese sujeto me amenazó violentamente.

Puse mis ojos en blanco; a veces solía ser tan dramático y fantoche, ¡un cobarde!

LA PRIMERA VEZDonde viven las historias. Descúbrelo ahora