La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
Mi cabeza dolía, el cuerpo se me sentía pesado y agotado, y el punzante malestar en el cuello dejaba bastante claro que había dormido en una posición horrible. Bufé entre quejidos mientras abría los ojos poco a poco... hasta que un sobresalto aterrador se apoderó de mí.
—Alek... ¡Aleksanteri! —Sacudí su cuerpo bruscamente para despertarlo—. ¡¡Aleksanteri, despierta!!
Pero el muy desgraciado apenas murmuró algo inentendible entre sueños y se removió sobre el viejo asiento del vagón. Lo miré con indignación antes de tomar mi celular para revisar la hora.
Las ocho y media de la mañana.
Sentí cómo mi alma abandonaba mi cuerpo.
—¡Dios mío! ¡Levántate! —Lo zarandeé con tanta fuerza que terminó cayendo al suelo... y sinceramente no me importó—. ¡Tenemos que irnos ya!
—Carajo, niña... ¿qué te pasa? —farfulló mientras se incorporaba lentamente y tallaba su rostro adormilado. Sus ojos azules, todavía hinchados por el sueño, se encontraron con los míos, que prácticamente lo estaban asesinando.
—¡Son las ocho de la mañana, Alek! Si Tara llama a mi padre será mi crucifixión. ¡Vendrá por mí y me encerrará en un sótano hasta que los gusanos devoren mi cadáver y lo que quede de él! ¡Va a hacer carnitas conmigo, me matará! ¡Y todavía no he tenido mi sesión de fotos en pijama! ¡Rayos! Ya tengo mi tatuaje, pero también quiero pintarme el cabello de colores, terminar mi casa del árbol... e ir a un concierto ficticio de Elvis porque de verdad es mi artista favorito. ¡Todavía tengo demasiadas cosas por hacer! ¡Aaah, la vida me od...!
La mano de Alek cubrió mis labios antes de que pudiera seguir desquiciándome.
Sus ojos abiertos de par en par me observaban entre alarmados y divertidos.
—Cállate y cálmate, niña.
Aparté su mano de mi boca con dramatismo.
—¿¡Calmarme!? ¡No puedo hacer eso! ¡¡Vámonos!! —Me levanté con la intención de correr hacia el Porsche como atleta olímpica, pero el tirón en mi brazo me detuvo de golpe—. ¡Alek!
Él me sostuvo apenas un segundo antes de soltar una carcajada incrédula acompañada de un:
—Oh, Dios...
—¡No te rías! —chillé horrorizada.
—Caprichos... —murmuró con suavidad mientras tomaba mi mejilla entre sus manos, todavía sonriendo—. No va a pasar nada. Vamos a volver tranquilos, porque no quiero que muramos en un accidente antes de que tu padre decida asesinarte de mil maneras distintas por desaparecer una simple noche.