La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•La fiesta• Capri
Respiré el aire de un nuevo día.
Conforme avanzaban las horas, algunas nubes grises comenzaron a opacar el brillo del sol, y eso despertó un sentimiento precioso en mi interior. Adoraba los días nublados. Para muchos significaban tristeza o melancolía, un día perdido dominado por la flojera... pero para mí eran una especie de lupa que resaltaba lo verdaderamente importante: la maravilla de caminar sin el sol quemando la piel, el viento fresco envolviéndote y la simpleza de esos momentos poco comunes.
—Es que no puedo creer cómo se atreve a irse dos días seguidos sin avisar —farfullaba Tara en la cocina.
—Buenos días —interrumpí con alegría—. ¿Qué veremos hoy?
—Ay, mi niña... —suspiró, llevándose la mano al pecho—. Gracias al Señor estás aquí. —Sonrió—. Ahí tienes tu desayuno. Come y después veremos cómo cocer y hervir.
La forma en que Tara explicaba cada cosa era casi mágica. A pesar de ser apenas la segunda sesión, me sentía como la chef más experimentada del planeta. Sí, quizá era una ilusa... pero una muy feliz, capaz de encontrar belleza en las cosas más simples.
Decidí regresar a mi habitación, pero justo entonces Alek entró a la cocina y su madre lo abordó sin filtro alguno frente a mí.
—Un pajarito me contó que hoy hay otra fiesta.
Alek puso los ojos en blanco y arrugó la nariz con un claro desagrado.
— ¿Quién? ¿Drax o Amber?
Tara cruzó los brazos frente a él y suspiró, mostrando una seriedad sepulcral que si al hombrecillo rubio no le afectó, debo admitir que a mí sí. Percibí su molestia solo de verle.
—Si quieres ir a esa fiesta, tendrás que llevar a Capri contigo.
Mi boca se abrió sin control y sentí la mirada de Alek sobre mí, rápida, fugaz.
— ¿A la niña?¿No te preocupa que se resfríe?
—Confío en ti. Sé que la cuidarás.
— ¿Y si no la llevo? —alzó una ceja, cruzándose también de brazos.
—No vas.
La mujer terminó con una sonrisa dulce y continuó lavando los platos, tarareando como si nada.
Alek me miró de reojo. Y lo sentí.
Una corriente incómoda. Algo parecido a... responsabilidad.
— ¿Te gustan las fiestas? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Solo he ido a las del instituto.
El silencio duró apenas un segundo antes de que el rubio estallara en carcajadas. Tara le dio un golpe con el trapo húmedo.