La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•Ojeras• Capri
Cruzaba el habitual camino hacia la casa del árbol después de mi clase de cocina con Tara; el sol brillaba fuerte desde lo alto y el clima cálido se hacía notar. El pueblo solía ser impredecible: a veces lluvioso o nublado, otras ventoso o sofocante. Mientras pensaba en su cambiante naturaleza, Arnaldo apareció frente a mí con una de sus amplias sonrisas. Él y Tara eran una pareja encantadora, y, a juzgar por el hijo que habían criado, no había forma de desmentirlo.
—Buenas tardes, Capri. ¿Podrías decirle a Alek que las piezas del Porsche que pidió, ya están en el garaje?
—Por supuesto, yo le aviso. —Sonreí y continué mi camino hasta llegar a mi destino, encontrándome con la melena rubia que se movía al ritmo de los martillazos—. Hola, hola... carpintero del año.
—Caprichos —saludó con una ligera reverencia antes de seguir clavando las maderas.
—Te traje un poco de pudín—dije y lo coloqué sobre la mesa en la que poníamos las herramientas—, y tu papá dijo que las piezas del Porsche están en el garaje.
Sonreí al notar el disimulado gesto de victoria que hizo al apretar los puños.
—Gracias, niña.
—De nada. ¿Qué clavos te paso hoy? —bromeé.
—De hecho, quería preguntarte dos cosas —dijo, mirándome con atención—. ¿Qué tipo de decoración planeas para el interior?
—Mm... pensaba en cortinas blancas, algunas lámparas... también blancas. Muchísimos portarretratos blancos por todas partes, con fotos como... —saqué mi teléfono y le tomé una foto—. Exactamente esta. —Le mostré la pantalla, sonriente—. Las fotos desprevenidas son las mejores. Y, por supuesto, cojines puf enormes para sentarnos y...
—Déjame adivinar —bufó—, blancos.
—Por supuesto que no, Aleksanteri. No todo puede ser blanco. Estos serán grises.
—Si le agregas algo negro, parecerá una cárcel.
Reí, apenada, porque había dado justo en el clavo.
—De hecho... iba a sugerir decoraciones negras.
Suspiró, alzando las manos, negando con la cabeza como si yo fuera un caso perdido.
—Bien, es tu casa, no la mía. Arruínala como mejor te plazca.
— ¿Cuál es la segunda pregunta? —inquirí curiosa.
—Bueno... —dejó el martillo y caminó hasta quedar frente a mí. Sus ojos azules, otra vez, demasiado cerca. Demasiado peligrosos—. ¿Quieres ir a una fiesta hoy? Prometo cuidarte mejor que la última vez.
Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Me estaba invitando... sin que Tara lo obligara?
Oh por dios.
— ¿Tu novia irá? Porque entonces estarás ocupado para cuidarme.