Veinticuatro

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•Te amo•Alek

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•Te amo•
Alek

El tiempo pasó.

Tiempo desperdiciado en el que apenas pude verla cruzar algunos pasillos a la distancia y, aunque para cualquiera eso podría parecer insignificante, para mí lo era todo. Porque verla, aunque fuese de lejos, seguía siendo mejor que no verla en absoluto.

La extrañaba.

Extrañaba cada detalle suyo.

La forma en que arrugaba la nariz cuando algo no le gustaba. Cómo mordía su labio al concentrarse. Su voz leyendo fragmentos del libro mientras intentaba hacerme entender cosas que mi cabeza jamás comprendería por completo. Extrañaba sus manos pequeñas buscando las mías como si pertenecieran ahí.

Y dolía.

Llevábamos tres semanas separados y el vacío que dejó en mí era peor que cualquier golpe que hubiese recibido antes.

Lo peor fue notar cómo ella también comenzaba a apagarse.

Había adelgazado. Su rostro lucía cansado, pálido. Las ojeras bajo sus ojos se marcaban incluso desde lejos y, aunque el brillo en su mirada seguía ahí, parecía cubierto por una tristeza constante.

Y yo era el culpable.

Bajé la mirada hacia la pulsera de cuero que seguía rodeando mi muñeca. La misma que me regaló aquella noche en las viejas vías del tren. Mi pulgar rozó el ancla metálica mientras recordaba sus palabras:

«Cada vez que me necesites, solo debes besar el ancla y estaré ahí para ti».

Solté una risa seca.

Me sentía un completo idiota.

Aun así, acerqué la pulsera a mis labios y besé el ancla.

Porque la extrañaba tanto que incluso lo absurdo comenzaba a sentirse lógico.

Y entonces pasó.

Minutos después, apareció frente a mí.

Mi corazón prácticamente se detuvo.

Parpadeé una vez, incrédulo. ¿Había funcionado? Joder... hasta me dio miedo pensarlo.

Ella caminaba con lentitud por el pasillo, abrazando unos libros contra el pecho. Cuando levantó la vista y nuestros ojos se encontraron, sentí el golpe directo en las costillas.

Seguía siendo ella.

Seguía siendo mi Capri.

—He aprendido que es bueno sentirse mal, pero no prolongar lo negativo para siempre —dije antes de pensar demasiado—. Solo termina destruyéndote y realmente no vale la pena. Hay que vivir la vida incluso con sus días malos.

Sus pasos se detuvieron.

Apreté la mandíbula al notar cómo evitaba mirarme directamente.

—Tú dijiste eso —añadí con suavidad—. El día que...

LA PRIMERA VEZHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora